ALEGRAOS Y NO TEMAIS

Homilía – Lunes de la Octava de Pascua

Todavía resuena el anuncio de la noche santa: Cristo ha resucitado. Y la liturgia no quiere que pasemos deprisa sobre esta noticia. Quiere que permanezcamos en ella, que la dejemos entrar en el corazón, que aprendamos a vivir desde ella. Porque la Pascua no es sólo una celebración hermosa. Es una vida nueva que comienza.

El Evangelio de hoy nos presenta a las mujeres saliendo del sepulcro “a toda prisa y llenas de alegría”. Hace apenas unas horas estaban marcadas por el dolor y el desconcierto. Habían ido buscando un cadáver. Y ahora corren porque han recibido una noticia que lo cambia todo: el Crucificado vive.

Y en ese camino sucede lo decisivo: Jesús les sale al encuentro. No reciben sólo un mensaje. Se encuentran con Él. Y al encontrarse con Él, cambia todo. Por eso el Resucitado les dice: “Alegraos” y “No temáis”. Ésta es la primera palabra pascual para nosotros. La resurrección no es sólo una verdad para creer. Es una presencia que sale a nuestro encuentro. Y cuando de verdad se produce ese encuentro, la alegría deja de ser superficial y el miedo deja de condicionar nuestras decisiones

Después Jesús les dice: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Qué palabra tan conmovedora: “mis hermanos”. Después de la pasión, después de la huida, después de las negaciones, Jesús no humilla a los suyos. Los llama hermanos. El Resucitado no vuelve para reprochar, sino para recomenzar la amistad.

Y les señala una dirección: Galilea. Es el lugar de los comienzos, de la vida diaria, del camino ordinario. Eso significa que la Pascua no nos saca de la vida concreta, sino que nos devuelve a ella de una manera nueva. Es en la vida real donde Cristo quiere ser encontrado. En la familia. En el trabajo. En la comunidad. En el camino diario.

La primera lectura nos presenta a Pedro levantando la voz y anunciando con valentía: a Jesús lo matasteis, pero Dios lo resucitó, y de esto nosotros somos testigos. Es impresionante el cambio de Pedro. Hace muy poco estaba encerrado en el miedo. Y ahora habla con firmeza. ¿Qué ha pasado? Ha pasado el encuentro con el Resucitado. Y ese encuentro lo ha rehecho por dentro.

Ahí hay una lección muy importante para nosotros. La resurrección de Cristo no sólo cambia el destino de Jesús; cambia también a sus testigos. El encuentro con Cristo vivo transforma a los miedosos en valientes, a los dispersos en enviados, a los heridos en anunciadores.

Frente a esa luz, el Evangelio muestra también la otra reacción: la de los guardias y los sumos sacerdotes, que prefieren el dinero y la mentira antes que acoger la verdad. Unos corren a anunciar la Pascua; otros se ponen de acuerdo para ocultarla. Unos se dejan mover por la alegría del encuentro; otros quedan atrapados en la lógica del cálculo.

Y eso también nos interpela a nosotros. La Pascua nos coloca ante una decisión interior. Podemos acoger la novedad del Resucitado y dejarnos cambiar por ella. O podemos seguir encerrados en nuestras resistencias, en nuestras seguridades viejas, en nuestras pequeñas mentiras.

El salmo nos da la actitud justa: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti… con él a mi derecha no vacilaré… por eso se me alegra el corazón”. Ésa es la alegría pascual verdadera. No una emoción pasajera, sino la certeza de que Dios no abandona a su fiel.

Por eso hoy podríamos preguntarnos con sencillez: ¿me parezco más a las mujeres del Evangelio o a los guardias? ¿Corro a anunciar que Cristo vive? ¿O sigo protegiendo mis miedos y mis resistencias? ¿Estoy dejando que el Resucitado me encuentre en mi Galilea diaria?

La Iglesia, en este Lunes de Pascua, nos anuncia una verdad sencilla y grande: Cristo vive, sale a nuestro encuentro, nos llama hermanos y nos precede en la vida concreta. Que el Resucitado nos dé la prontitud de las mujeres, la firmeza de Pedro y un corazón libre para vivir de verdad la alegría pascual.

Amén.