¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Homilía – Martes de la Octava de Pascua

La liturgia de estos días quiere que no salgamos demasiado deprisa del asombro pascual. La Iglesia sabe que la resurrección de Cristo no se comprende de golpe. Hay que permanecer en ella. Hay que dejar que la noticia baje de la cabeza al corazón, y del corazón a la vida. Porque Pascua no es sólo una verdad que se proclama; es una fuerza que transforma.

En la primera lectura de hoy vemos precisamente eso. Pedro, lleno del Espíritu, anuncia con claridad: “Dios lo ha constituido Señor y Mesías, a este Jesús a quien vosotros crucificasteis”. Es una frase de enorme fuerza. El Crucificado ha sido exaltado. Aquel que fue rechazado por los hombres ha sido acreditado por Dios. Aquel que fue clavado en la cruz vive ahora como Señor. Y ante este anuncio sucede algo decisivo: dice el libro de los Hechos que “se les traspasó el corazón”.

Ésa es una expresión bellísima y muy importante. La Pascua no toca de verdad la vida mientras no llegue al corazón. Se puede oír muchas veces que Cristo ha resucitado, se puede saber bien la doctrina, se puede incluso admirar la belleza de la fe, y sin embargo seguir viviendo por dentro igual. Pero cuando la Palabra toca el corazón, entonces algo se rompe, algo se abre, algo empieza a cambiar. Eso les pasó a aquellos hombres: el anuncio de Cristo vivo los atravesó por dentro.

Y entonces hicieron la pregunta más importante: “¿Qué tenemos que hacer?”. Ésa es la pregunta de quien ha dejado de escuchar la fe desde fuera. La pregunta de quien ya no quiere quedarse en la emoción ni en la curiosidad, sino que desea responder. La Pascua verdadera siempre conduce a esta pregunta. No basta con decir: Cristo vive. Hay que preguntarse: ¿qué cambia eso en mi vida? ¿Qué tengo que hacer yo? ¿Qué tiene que morir en mí? ¿Qué tiene que resucitar? ¿Qué paso me pide hoy el Señor?

La respuesta de Pedro es clara: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo… y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Es decir: la Pascua pide conversión. El encuentro con Cristo resucitado no deja las cosas como estaban. Pide una vida nueva. Pide un giro del corazón. Pide dejar atrás la vieja manera de vivir. Pide abrirse al don de Dios.

Esto es muy importante. La resurrección de Cristo no es sólo una noticia consoladora. Es una llamada. Una llamada a volver a Dios. Una llamada a dejar que el Evangelio rehaga la existencia. Una llamada a recibir el Espíritu Santo, que es la vida misma del Resucitado derramada en nosotros.

En el fondo, la lectura de hoy nos muestra cómo nace la Iglesia. La Iglesia nace cuando el anuncio pascual atraviesa el corazón y provoca una respuesta. Nace cuando la gente deja de preguntarse si aquello será interesante y empieza a preguntar: “¿Qué tenemos que hacer?”. Nace cuando el hombre se abre a la conversión, al bautismo, al perdón y al don del Espíritu.

Y ahí está también una palabra para nosotros. Porque quizá nosotros llevamos muchos años escuchando el Evangelio. Quizá la Pascua nos resulta familiar. Quizá sabemos bien las fórmulas de la fe. Pero la Palabra de hoy nos invita a hacernos esta pregunta con sinceridad: ¿se me ha traspasado de verdad el corazón? ¿Sigo escuchando la resurrección como una noticia conocida, o como una verdad que me reclama? ¿He dejado que Cristo vivo entre en lo concreto de mi vida? ¿Hay en mí un deseo real de conversión?

Porque convertirse no es sólo corregir algunas cosas externas. Convertirse es dejar que Cristo ocupe el centro. Es pasar de una vida girada sobre uno mismo a una vida abierta a Dios. Es dejar de defender ciertas oscuridades interiores. Es renunciar a lo que endurece el corazón. Es dejarse reconciliar. Es volver a empezar desde la gracia.

Y Pedro añade una promesa inmensa: “recibiréis el don del Espíritu Santo”. La vida cristiana no depende sólo de nuestras fuerzas. No se nos pide cambiar solos. No se nos pide fabricar una vida nueva con puro voluntarismo. Se nos promete el Espíritu. Se nos da el Espíritu. Y el Espíritu es el gran don de Pascua: el que abre el corazón, el que rehace la vida, el que da fuerza para creer, para amar, para esperar, para perseverar.

Por eso la Pascua no es sólo el recuerdo de un sepulcro vacío. Es el comienzo de una humanidad nueva. Es Cristo vivo llamando a la puerta del corazón. Es el Espíritu empujando desde dentro hacia una vida distinta. Es la posibilidad real de dejar atrás lo viejo y comenzar de nuevo.

Hoy podríamos quedarnos con esa pregunta: “¿Qué tenemos que hacer?”. Y podríamos escuchar la respuesta de Pedro no como algo dirigido a otros, sino a nosotros. Convertíos. Volved al Señor. Abrid el corazón. Dejaos bautizar de nuevo interiormente por la gracia. Recibid el Espíritu. Dejad que la Pascua no sea sólo una fiesta que celebráis, sino una vida que os transforma.

Que éste sea el fruto de este Martes de Pascua: no quedarnos sólo con la alegría exterior de la resurrección, sino dejar que el anuncio pascual nos traspase el corazón y nos conduzca a una conversión real, humilde y esperanzada. Porque Cristo ha resucitado, y quien de verdad se encuentra con Él nunca permanece igual.

Amén.