Queridos hermanos:
Celebramos este XVII Domingo del Tiempo Ordinario en el marco de la Jornada Mundial de los Abuelos y Personas Mayores. Y la Palabra de Dios nos ofrece una luz muy oportuna: la sabiduría. Salomón, joven rey, escucha de Dios una pregunta decisiva: «Pídeme lo que deseas que te dé.» Podía haber pedido poder, riqueza, prestigio o larga vida. Pidió un corazón capaz de escuchar y discernir.
Esa petición nos ayuda a comprender el valor de la ancianidad. Un anciano que ha vivido con hondura sabe que la vida necesita algo más profundo que eficacia, fuerza o rapidez. Necesita sabiduría para distinguir lo esencial, prudencia para medir las palabras, discernimiento para aconsejar desde la experiencia, memoria para reconocer el paso de Dios por los años. La vida de un anciano puede convertirse en una escuela de ese corazón que escucha y aconseja con la sabiduría de unos años amasados en el valor del Reino escondido en el corazón.
Hoy queremos mirar a nuestros abuelos y personas mayores con gratitud. Muchos han sido transmisores discretos de la fe. Han enseñado a rezar, han sostenido familias, han guardado tradiciones, han acompañado dolores, han sabido esperar cuando otros corrían demasiado. En sus vidas hay un tesoro escondido, como el del Evangelio. Un tesoro que quizá no siempre hace ruido, pero sostiene la vida de muchos.
Pero esta Jornada también nos pide mirar con verdad los problemas que viven tantos mayores. Hay ancianos que sufren soledad, marginación, abandono afectivo o falta de compañía. Hay mayores que necesitan cuidados dignos, atención sanitaria adecuada, acompañamiento espiritual y cuidados paliativos que respeten su vida hasta el final. Hay personas mayores preocupadas por pensiones justas y suficientes, por su autonomía, por no convertirse en una carga para sus familias. Y hay una tentación social muy seria: valorar a las personas por lo que producen, por lo que rinden o por la utilidad que ofrecen.
El Evangelio nos corrige esa mirada. El tesoro de una persona no se mide por su productividad. Su dignidad permanece siempre, también en la fragilidad, en la enfermedad, en la dependencia o en la ancianidad avanzada. Una sociedad que descarta a sus mayores pierde memoria, pierde humanidad y pierde alma.
Además, hoy muchos mayores sostienen silenciosamente a sus familias. Son abuelos que cuidan de los nietos para que los hijos puedan trabajar y conciliar. Son mayores que ayudan económicamente a hijos y nietos en tiempos difíciles. Son quienes acompañan, recogen, llevan, esperan, alimentan, escuchan y están disponibles. Muchos jóvenes, ante la dificultad para encontrar trabajo estable o independizarse, encuentran en sus mayores un apoyo decisivo. Por eso, esta Jornada ha de ser también una llamada al agradecimiento y a la responsabilidad.
Jesús nos habla del tesoro escondido y de la perla de gran valor. Los mayores nos ayudan a reconocer esos tesoros verdaderos: la familia cuidada, la fe conservada, el perdón ofrecido, el bien sembrado, la esperanza mantenida, Dios buscado en medio de la vida. Ellos saben que hay cosas que brillan mucho y duran poco, y otras que parecen humildes y sostienen una vida entera.
San Pablo nos recuerda que Dios nos llamó a reproducir la imagen de su Hijo. Esa llamada acompaña todas las edades. También la ancianidad puede reflejar a Cristo: en la paciencia, en la confianza, en la capacidad de bendecir, en el ofrecimiento de los propios límites, en la oración silenciosa por los hijos, los nietos, la Iglesia y el mundo. Hay mayores que, desde una silla, desde una cama o desde una vida más recogida, sostienen espiritualmente a toda una familia.
Por eso, como comunidad cristiana, hoy asumimos un compromiso: honrar, escuchar, cuidar y acompañar a nuestros mayores. Honrarlos significa reconocer su historia. Escucharlos significa recibir su sabiduría. Cuidarlos significa aliviar soledades, defender su dignidad y ofrecerles cercanía. Acompañarlos significa hacerles sentir que siguen siendo necesarios, amados y parte viva de la Iglesia.
Y a los jóvenes les decimos también algo importante: acercaos a los mayores. Preguntadles. Escuchad sus historias. Recibid sus consejos. Hay una sabiduría que no se aprende en las pantallas, sino en la vida atravesada con fidelidad.
En esta Eucaristía pidamos la sabiduría de Salomón: un corazón que escuche. Que sepamos descubrir el tesoro escondido en nuestros abuelos y personas mayores. Que nuestras familias y nuestra parroquia sean lugares donde ninguna edad se sienta descartada y donde cada vida pueda dar su fruto.
Que la Virgen María, Madre de la esperanza, bendiga a nuestros mayores, consuele a quienes viven solos, fortalezca a quienes están enfermos y enseñe a todos a caminar juntos hacia Cristo, verdadero tesoro de nuestra vida.
Amén.
