Lunes de la XVII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos ofrece dos imágenes muy distintas: un cinturón echado a perder y una semilla diminuta que llega a hacerse árbol. Entre una y otra se dibuja el drama y la esperanza de la vida creyente: podemos perder la adhesión al Señor, y podemos también acoger en nosotros una fuerza pequeña que acaba dando cobijo.

Jeremías recibe de Dios un gesto profético extraño. Compra un cinturón de lino, lo lleva ceñido a la cintura y después lo esconde en la hendidura de una roca junto al Éufrates. Pasado un tiempo, vuelve a buscarlo y lo encuentra estropeado, inútil. Entonces comprende el mensaje: Israel había sido llamado a vivir unido al Señor como un cinturón se ciñe al cuerpo. Esa cercanía era su dignidad. Su belleza estaba en permanecer junto a Dios, en dejarse ajustar a Él, en vivir como pueblo de su propiedad y alabanza.

La imagen resulta muy expresiva. Un cinturón separado de la cintura pierde su función. También la vida humana, cuando se separa de Dios, se desordena por dentro. Conserva apariencia, actividad y movimiento, pero va perdiendo consistencia. Jeremías nos invita a preguntarnos qué nos mantiene ceñidos al Señor: la oración, la escucha de la Palabra, la fidelidad cotidiana, la humildad para dejarnos corregir, la memoria agradecida de lo que Él ha hecho en nosotros.

El salmo, tomado del cántico de Moisés, pone el dedo en una herida: «Despreciaste al Dios que te engendró.» La fe bíblica presenta a Dios como origen de la vida. Él engendra, cuida, sostiene, acompaña. Olvidarlo significa vivir como hijos sin memoria. Recordarlo significa volver a la raíz de nuestra identidad.

El Evangelio cambia el tono y nos abre a la esperanza. Jesús habla del Reino con la imagen del grano de mostaza y de la levadura. El Reino comienza pequeño, casi escondido, discreto. Una semilla mínima llega a convertirse en árbol. Un poco de levadura fermenta toda la masa. Dios actúa así: introduce una fuerza humilde en la historia y la deja crecer desde dentro.

Aquí está la buena noticia de hoy. Aunque el cinturón se haya estropeado, Dios sigue sembrando. Aunque el corazón haya perdido frescura, el Reino puede comenzar de nuevo en algo pequeño: una oración sincera, un acto de confianza, una reconciliación, una decisión honrada, una palabra de Evangelio recibida con verdad. Dios aprovecha lo pequeño cuando encuentra disponibilidad.

La levadura trabaja en silencio. Nadie la ve actuar, pero transforma la masa entera. Así puede obrar la gracia en nuestra vida durante una jornada ordinaria. Un gesto fiel, una paciencia mantenida, una responsabilidad vivida con amor, una conversación cuidada, pueden fermentar el ambiente de una casa, de una comunidad, de una parroquia.

Hoy el Señor nos llama a permanecer ceñidos a Él y a confiar en la fuerza humilde de su Reino. Pidamos la gracia de vivir unidos a Dios en lo concreto, de no perder la memoria de su amor y de dejar que su Palabra, como semilla y levadura, transforme nuestra vida desde dentro.

Amén.