Queridos hermanos:
Hay momentos en la vida en los que uno se siente como Elías en la montaña o como los discípulos en la barca: cansado, sacudido, con preguntas por dentro y con la sensación de que el viento sopla demasiado fuerte. La Palabra de Dios de este domingo entra precisamente ahí, en esos momentos en los que la fe necesita volver a escuchar la voz del Señor.
Elías llega al monte Horeb después de un camino difícil. Viene agotado, herido por la misión, buscando una señal de Dios. Y entonces pasan ante él un viento impetuoso, un terremoto y un fuego. Todo parece grandioso, impresionante, llamativo. Sin embargo, Dios se deja reconocer en una brisa suave. Elías aprende que el Señor no siempre se manifiesta en lo espectacular, sino en aquello que pide silencio, atención y profundidad.
Esta lectura toca mucho nuestra vida. Vivimos en medio de ruido, prisas, preocupaciones, noticias que inquietan, discusiones que desgastan, problemas familiares, incertidumbres económicas, cansancios personales. A veces quisiéramos que Dios hablara con fuerza, que resolviera de golpe lo que nos pesa, que se impusiera con evidencia. Pero muchas veces Él pasa como brisa: una palabra del Evangelio, una paz que vuelve poco a poco, una persona que nos sostiene, una luz interior que nos ayuda a seguir.
El Evangelio nos presenta otra escena muy viva. Los discípulos están en la barca, lejos de tierra, en plena noche, sacudidos por las olas. Jesús se acerca caminando sobre el agua y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.» Esta frase es el centro de todo el Evangelio de hoy. Jesús no contempla desde lejos la tormenta de los suyos. Se acerca a ellos en medio de la noche.
También nuestra vida conoce sus barcas agitadas. Puede ser la familia, cuando llegan tensiones o enfermedades. Puede ser el trabajo, cuando falta estabilidad. Puede ser la fe, cuando se enfría o se llena de dudas. Puede ser la Iglesia, que tantas veces navega entre dificultades. Y en medio de esas aguas, Cristo sigue diciendo: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.»
Pedro escucha la voz del Señor y se atreve a dar un paso: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.» Mientras mira a Jesús, camina. Cuando se fija en el viento, comienza a hundirse. Esta escena nos retrata. Avanzamos cuando Cristo ocupa el centro. Nos hundimos cuando el miedo empieza a mandar en el corazón.
Pero lo más hermoso llega en el grito de Pedro: «Señor, sálvame.» Es una oración breve, sincera, nacida del fondo de la necesidad. Y Jesús extiende la mano. No le da un discurso largo. No lo deja hundirse para darle una lección. Le tiende la mano. Así es el Señor: cercano cuando flaqueamos, fiel cuando perdemos seguridad, dispuesto a levantarnos cuando pedimos ayuda.
La fe cristiana no consiste en no tener tormentas. Consiste en saber a quién mirar cuando llegan. Consiste en aprender a escuchar la brisa suave de Dios y en reconocer la mano de Cristo en medio del oleaje. A veces la salvación empieza con una oración sencilla: “Señor, sálvame”; “Señor, ayúdame”; “Señor, quédate conmigo”.
San Pablo, en la segunda lectura, abre su corazón por sus hermanos. Sufre por aquellos que no han reconocido a Cristo. Esta actitud nos recuerda que la fe nunca nos encierra en nosotros mismos. Quien ha experimentado la mano del Señor aprende a rezar por los demás: por los hijos que se alejan, por los jóvenes que buscan sentido, por los enfermos, por quienes viven angustiados, por quienes han perdido la confianza.
Queridos hermanos, en esta Misa Mayor pongamos nuestra barca delante del Señor: nuestra vida, nuestras familias, nuestra parroquia, nuestros miedos y nuestras esperanzas. Dejemos que su Palabra nos devuelva ánimo. Él viene a nuestro encuentro. Él sube a la barca. Él calma el viento por dentro, incluso cuando fuera todavía quedan olas.
Que esta Eucaristía nos ayude a escuchar a Dios en la brisa suave de cada día y a fijar la mirada en Cristo. Y que, al salir de aquí, podamos llevar a otros esta palabra que hoy sostiene nuestra fe: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.»
