VIVIR DESDE LA LUZ

Miércoles segunda semana de pascua

Hay una experiencia profundamente humana: la tensión entre lo que somos y lo que mostramos. Todos, de algún modo, aprendemos a proteger ciertas zonas de nuestra vida, a no exponer del todo lo que llevamos dentro. No siempre por maldad, sino por miedo, por fragilidad, por necesidad de sostener una imagen que nos dé seguridad.

El Evangelio habla de luz y de oscuridad en ese nivel. No como categorías morales simples, sino como formas de estar en la vida. La oscuridad no es solo el mal evidente; muchas veces es la huida de la verdad, el intento de vivir desde lo que aparentamos o controlamos. La luz, en cambio, es el lugar donde uno se deja ver, donde acepta ser mirado tal como es.

La fe cristiana sitúa en el centro una afirmación decisiva: la realidad está atravesada por un amor que precede. “Tanto amó Dios al mundo…” no es una frase piadosa, es una clave para entender la existencia. Si la vida está sostenida por un amor originario, entonces la verdad sobre uno mismo deja de ser una amenaza. Puede convertirse en camino.

Acercarse a la luz significa permitir que la vida sea iluminada incluso en lo que incomoda o desestabiliza. Y eso transforma lentamente la manera de habitar la realidad.

Hay algo que sucede cuando una persona vive desde ahí: su vida se vuelve más unificada. Aparece una cierta paz, una claridad que no depende de que todo esté resuelto, sino de no estar dividido por dentro. Y esa unidad interior tiene un efecto silencioso en los demás. No se impone, pero se percibe.

Por eso los primeros cristianos no podían callar. No porque tuvieran respuestas para todo, sino porque habían experimentado algo que les había cambiado por dentro. Habían descubierto que la vida podía vivirse de otro modo. La luz está ahí.
Y acercarse a ella siempre es una decisión.