¿OBEDECER, A QUIÉN?

Jueves de la 2º semana de Pascua

Hay una palabra que hoy suena incómoda: obedecer. Evoca pérdida de libertad, imposición, dependencia. En una cultura que valora la autonomía como uno de sus bienes más altos, la obediencia parece algo del pasado.

Y, sin embargo, la vida cotidiana muestra algo distinto: todos obedecemos. No siempre de forma consciente, pero obedecemos. A la opinión de los demás, al deseo de reconocimiento, al miedo a equivocarnos, a lo que se espera de nosotros. La cuestión no es si obedecemos o no, sino a qué o a quién damos autoridad en nuestra vida.

La tradición cristiana introduce aquí un matiz decisivo. Habla de una obediencia que nace de la confianza. Es reconocer que hay una verdad más honda que uno mismo, una orientación que no se reduce a lo inmediato, y decidir apoyarse en ella.

Esta forma de vivir surge de una experiencia. Solo quien ha intuido que la vida está sostenida por un bien más grande, puede comenzar a fiarse. Por eso el salmo invita a “gustar”  Hay un saber que no se alcanza por argumentación, sino por contacto.

Obedecer a Dios, en este sentido, es dejar de vivir únicamente desde la reacción —lo que siento, lo que temo, lo que me conviene— para empezar a vivir desde una referencia más estable. Supone introducir en la vida un criterio que no cambia con cada circunstancia.

Esto no elimina la incertidumbre ni el conflicto interior. Al contrario, muchas veces los hace más visibles. Pero abre un espacio distinto: el de una libertad que no consiste en hacer lo que uno quiere en cada momento, sino en orientar la vida hacia lo que reconoce como verdadero.

Hay una consecuencia silenciosa de esta forma de vivir: aparece una cierta consistencia. La persona deja de dispersarse tanto, deja de depender exclusivamente de lo externo, empieza a sostenerse desde dentro. No porque lo tenga todo claro, sino porque ha encontrado un punto de apoyo.

Quizá la pregunta no sea si entendemos del todo esta obediencia, sino si estamos dispuestos a dar ese paso: de vivir reaccionando a vivir confiando, de sostenernos en lo inmediato a apoyarnos en lo esencial.

Porque, en el fondo, la vida siempre se construye desde aquello a lo que uno decide obedecer.