«Sácate primero la viga de tu ojo»
San Pablo hace hoy una afirmación que revela hasta qué punto el Evangelio ha llegado a convertirse en el centro de su existencia: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Para Pablo evangelizar ha dejado de ser una actividad entre otras. Se siente alcanzado por Cristo y responsable de transmitir aquello que él mismo ha recibido.
Y para hacerlo adopta una actitud sorprendente: «Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos». Pablo sabe salir de sí mismo, acercarse a la realidad de cada persona y comprenderla desde dentro. El Evangelio que anuncia permanece intacto; su manera de acercarlo a las personas requiere una continua conversión personal.
Precisamente ahí conecta con las palabras de Jesús: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?»
Podemos querer orientar, aconsejar, corregir o ayudar a los demás y, sin embargo, hacerlo desde zonas de nuestra propia vida que todavía permanecen poco iluminadas. Jesús plantea entonces una de las exigencias fundamentales del crecimiento espiritual: aprender a mirar primero dentro de nosotros mismos.
«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?».
Jesús conoce nuestra facilidad para percibir los defectos ajenos. Vemos con enorme claridad una palabra desafortunada, una actitud que nos molesta, una incoherencia o una manera de actuar que consideramos equivocada. Con nosotros mismos utilizamos fácilmente explicaciones más comprensivas: conocemos nuestras circunstancias, nuestras intenciones y las razones que nos llevaron a actuar así.
Por eso Cristo dice: «Sácate primero la viga de tu ojo».
Ese «primero» es importante. Jesús quiere que podamos ver mejor. La mirada necesita ser purificada para que nuestra relación con los demás nazca de la verdad.
Esto enlaza profundamente con la Palabra que escuchábamos el domingo pasado sobre la corrección fraterna. Para corregir cristianamente a alguien necesito haber permitido antes que el Evangelio me corrija a mí. De lo contrario, podemos utilizar la verdad para descargar nuestro malestar, reafirmar nuestra superioridad o exigir al otro lo que nosotros mismos todavía necesitamos aprender.
La humildad cambia completamente nuestra manera de mirar. Quien conoce sus propias fragilidades puede reconocer con mayor misericordia las del hermano. Y quien se sabe permanentemente necesitado de conversión aprende también a hablar de otra manera.
San Pablo añade otra imagen: la del atleta que corre en el estadio. «Todos los atletas se privan de muchas cosas». La vida espiritual necesita entrenamiento. La capacidad de conocernos, dominar determinadas reacciones, revisar nuestros criterios y purificar nuestras intenciones se adquiere mediante un trabajo paciente.
Porque siempre existe el peligro que Pablo reconoce con gran sinceridad: «No sea que, después de predicar a los otros, quede yo descalificado».
Podemos anunciar grandes verdades y vivirlas escasamente. Podemos saber perfectamente lo que deberían hacer los demás y tener pendiente nuestra propia conversión. Jesús nos devuelve hoy al lugar adecuado: empieza por ti.
Y quizá esta sea una buena manera de terminar la semana. Antes de preguntarnos qué debería cambiar determinada persona, preguntarnos delante del Señor: ¿qué necesita cambiar en mí para que pueda verla mejor?
Entonces podremos ayudar realmente al hermano. Porque cuando Cristo ha limpiado nuestra mirada, empezamos a contemplar a los demás con verdad y misericordia. Y esa mirada, mucho más que muchos consejos, puede convertirse también en Evangelio.
