Sábado de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Dulce Nombre de María

Celebrar el nombre de María significa acercarnos a una persona cuya identidad quedó enteramente vinculada a Cristo. El nombre, en la Escritura, expresa mucho más que una forma de llamar a alguien: remite a su persona, a su historia, a aquello que Dios ha realizado en ella. Cuando pronunciamos María, recordamos a aquella mujer que acogió al Hijo de Dios y permitió que su existencia fuera transformada por su presencia.

Y esto nos ayuda a comprender la exigente afirmación de Pablo: «No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios».

Pablo está hablando de pertenencia. Participar de la Eucaristía significa entrar en comunión con Cristo. «El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo». La Eucaristía establece una relación real con Cristo y, precisamente por ello, reclama coherencia en nuestra vida.

También María vivió desde una pertenencia que fue creciendo durante toda su existencia. Desde Nazaret hasta Jerusalén, su vida fue adquiriendo forma desde la relación con Jesús. Su grandeza está precisamente ahí: dejó que la presencia de Cristo configurara progresivamente su manera de vivir.

Por eso encajan tan bien las palabras del Evangelio: «Cada árbol se conoce por su fruto».

Jesús nos lleva desde las apariencias hacia el corazón: «De lo que rebosa el corazón habla la boca». El fruto manifiesta lo que está sucediendo dentro del árbol. Y nuestra manera de hablar, nuestras decisiones, nuestras reacciones y la forma de tratar a las personas terminan revelando qué estamos cultivando interiormente.

La pregunta de Jesús resulta entonces muy seria: «¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, ¿y no hacéis lo que digo?»

Podemos profesar la fe, celebrar la Eucaristía y pronunciar muchas veces el nombre del Señor. Cristo pide que esa relación llegue hasta la vida concreta. San Pablo dice exactamente lo mismo cuando habla del cáliz y del pan: comulgar con Cristo significa pertenecerle.

María nos muestra hasta dónde puede llegar esa coherencia. En ella la Palabra escuchada se convierte en vida. Su «hágase» de Nazaret tendrá que hacerse realidad muchas veces después. Cada nueva circunstancia le pedirá volver a situar su existencia en las manos de Dios.

Jesús termina utilizando otra imagen: la casa edificada sobre roca. Para construirla, aquel hombre «cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca». Hay una profundidad que cuesta alcanzar. Construir una vida cristiana sólida exige cavar, llegar por debajo de nuestras primeras reacciones, revisar motivaciones y permitir que la Palabra llegue hasta las raíces.

Las dificultades acabarán mostrando dónde estaban los cimientos. Jesús habla de una crecida que golpea contra la casa. La prueba revela aquello sobre lo que realmente hemos construido.

Hoy pronunciamos con especial cariño el nombre de María. Y podemos pedirle precisamente esto: que nos ayude a pasar de una fe pronunciada a una fe vivida; de llamar a Jesús «Señor» a permitir realmente que sea Señor de nuestra existencia.

Porque la mejor manera de honrar el nombre de María consiste en aprender de ella a escuchar la Palabra, dejar que eche raíces y permitir que dé fruto.

Entonces también nuestra vida podrá convertirse en aquello que proclama hoy el salmo: «Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza».