UNO SOLO

Homilía. Sábado de la XI semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios cierra hoy el itinerario espiritual de esta semana con una llamada muy clara: volver a poner la confianza en el Señor y dejar que Él ocupe el centro del corazón.

Durante estos días hemos contemplado cómo el deseo desordenado de Ajab desembocó en injusticia, cómo la verdad abrió paso a la conversión y cómo la oración enseñada por Jesús nos devolvía a la mirada del Padre. Ayer el Evangelio nos invitaba a reconocer dónde está nuestro tesoro. Hoy da un paso más: “Nadie puede servir a dos señores.” El corazón necesita una dirección clara.

La primera lectura nos presenta el final del reinado de Joás. Mientras vivió el sacerdote Yehoyadá, el rey permaneció fiel. Después, dejó entrar otras voces y abandonó la alianza. Zacarías, movido por el Espíritu de Dios, le recordó la verdad, y esa palabra fue rechazada. La historia muestra cómo una fidelidad sostenida solo desde apoyos externos puede debilitarse cuando esos apoyos desaparecen. La fe necesita arraigar personalmente en el corazón.

Joás había recibido mucho: fue protegido, salvado y llevado al trono. Sin embargo, olvidó esa historia de gracia. El olvido abrió la puerta a la infidelidad. Por eso la vida espiritual necesita memoria. Recordar lo que Dios ha hecho en nosotros fortalece la confianza y mantiene viva la alianza.

El salmo responde con una promesa: “Le mantendré eternamente mi favor.” La fidelidad de Dios sostiene incluso cuando la respuesta humana se vuelve frágil. El Señor permanece. Su promesa sigue abierta y su misericordia invita siempre a regresar.

El Evangelio ilumina esta historia desde el Sermón de la Montaña. Jesús dice: “No podéis servir a Dios y al dinero.” Allí donde el corazón se entrega por completo a la seguridad material, la confianza en Dios se va debilitando. Jesús llama a una libertad interior que permita recibir la vida como don y vivir cada jornada desde la providencia.

Después añade: “No os agobiéis por el mañana.” Estas palabras nacen de una confianza filial. Jesús contempla las aves y los lirios, y descubre en ellos el cuidado del Padre. También nosotros vivimos bajo esa mirada. El Padre conoce nuestras necesidades y acompaña nuestro camino.

El agobio aparece cuando intentamos sostener solos todo el peso de la vida. Jesús nos enseña a ocuparnos con responsabilidad del presente y a entregar el mañana en manos de Dios. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia.” Ahí está la orientación decisiva. Cuando el Reino ocupa el primer lugar, los bienes encuentran su medida, las preocupaciones se ordenan y el corazón recupera paz.

Las lecturas se unen en una misma llamada. Joás pierde el rumbo al olvidar la gracia recibida. Jesús nos invita a vivir desde la memoria confiada del Padre. La fe madura cuando el Señor se convierte en nuestro tesoro y la vida diaria se apoya en su fidelidad.

Pidamos hoy un corazón unificado. Que sepamos recordar el camino recorrido, buscar primero el Reino y vivir cada día bajo la mirada providente de Dios.

Amén.