Homilía — sábado de la VII Semana de Pascua
Queridos hermanos:
Estamos en el último día de la Pascua antes de Pentecostés. La Iglesia ha recorrido, durante estas semanas, el camino del Resucitado: desde el sepulcro vacío hasta la misión; desde el miedo de los discípulos hasta la fuerza del Espíritu; desde Jerusalén hasta Roma, símbolo de los confines de la tierra.
La primera lectura termina el libro de los Hechos con una imagen preciosa: Pablo permanece en Roma, predicando el Reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad. Es sorprendente: Pablo está prisionero, vigilado, limitado exteriormente; y, sin embargo, la Palabra de Dios sigue libre. Él está encadenado, pero el Evangelio no lo está.
Aquí hay una gran enseñanza espiritual. La misión de Dios no se detiene por nuestras limitaciones. Pablo no puede moverse como antes, pero sigue anunciando. No puede recorrer caminos, pero abre su casa. No puede controlar su futuro, pero permanece fiel en el presente. La fecundidad del Evangelio no depende sólo de las circunstancias favorables, sino de un corazón habitado por Cristo.
También nosotros podemos vivir momentos de límite: enfermedad, edad, cansancio, dificultades, falta de fuerzas, situaciones que no elegimos. Y la Palabra nos recuerda hoy que siempre hay una forma de ser testigos. A veces predicamos caminando; otras, permaneciendo. A veces anunciamos con palabras; otras, con paciencia, con oración, con fidelidad silenciosa, con una puerta abierta, con un corazón disponible.
El salmo nos dice: “Los buenos verán tu rostro, Señor”. Esta es la meta de toda vida cristiana: ver el rostro de Dios. La Pascua nos ha enseñado que ese rostro se nos ha revelado en Cristo resucitado. Y mientras caminamos hacia esa visión plena, estamos llamados a buscar su rostro cada día: en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en los hermanos, en los pobres, en los acontecimientos sencillos de la vida.
El Evangelio nos presenta las últimas líneas de san Juan. Pedro pregunta por el discípulo amado: “Señor, ¿y este qué?”. Jesús le responde: “¿A ti qué? Tú sígueme”. Esta palabra es muy directa. Hay una tentación que nos acompaña siempre: compararnos, mirar el camino de los demás, preguntarnos por qué a unos se les pide una cosa y a otros otra. Jesús devuelve a Pedro a lo esencial: tú sígueme.
Cada discípulo tiene su camino. Pedro tendrá el suyo, marcado por el pastoreo y el martirio. Juan tendrá el suyo, marcado por el testimonio y la permanencia. Pablo tendrá el suyo, marcado por la misión hasta Roma. Lo decisivo no es que todos vivamos lo mismo, sino que cada uno sea fiel a la llamada recibida.
Y san Juan termina diciendo: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y su testimonio es verdadero”. La fe nos llega por testigos. La Iglesia vive de una cadena de testimonios: hombres y mujeres que han visto, han creído, han amado y han transmitido. También nuestra vida está llamada a entrar en esa cadena. Quizá no escribamos un Evangelio, pero nuestra existencia puede ser una página humilde donde otros lean algo de Cristo.
Mañana celebraremos Pentecostés. Hoy pidamos un corazón preparado para recibir al Espíritu Santo: un corazón libre como Pablo, fiel como Pedro, contemplativo como Juan. Que el Espíritu nos enseñe a permanecer, a seguir y a testimoniar.
Y en este mes de mayo, miremos a María. Ella permaneció con los discípulos en el Cenáculo, aguardando el Espíritu. Que la Virgen nos enseñe a esperar con fe, a seguir a Cristo sin compararnos y a ser testigos sencillos del Evangelio allí donde el Señor nos ponga.
Amén.
