LUNES DE LA V SEMANA DE CUARESMA
La Palabra de hoy nos sitúa ante una escena profundamente humana y dolorosa: la del inocente acorralado, la del corazón humano capaz de juzgar con dureza, y la de Dios que entra en medio de todo eso para salvar, revelar y devolver dignidad.
La primera lectura nos presenta a Susana, una mujer inocente, atrapada por la maldad de quienes, en lugar de custodiar la justicia, la manipulan. La presión que sufre es extrema: ceder al pecado o morir bajo una falsa acusación. Y ella elige la fidelidad, aunque eso la conduzca a una aparente derrota. Sus palabras son conmovedoras:
«Ahora tengo que morir siendo inocente.»
Aquí aparece una de las experiencias más duras que puede vivir una persona: sufrir injustamente, no ser comprendida, verse juzgada falsamente, quedar indefensa ante la mentira. Y, sin embargo, Susana no deja de ponerse en manos de Dios. No se salva por su fuerza, sino por su confianza. La verdad queda por un momento sepultada, pero no destruida.
El salmo pone en nuestros labios la actitud interior del justo: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.» No dice que no haya oscuridad. No dice que no exista el valle. Dice que, en medio de él, Dios acompaña. La fe no elimina siempre la prueba, pero da una presencia que impide que la prueba tenga la última palabra.
El Evangelio nos lleva a otra escena de acusación, esta vez pública y humillante. Una mujer sorprendida en adulterio es colocada en medio. No es tratada como persona, sino como caso. No la miran con compasión, sino como instrumento para poner a prueba a Jesús. La ley es utilizada sin misericordia y la verdad es invocada sin amor.
Entonces Jesús responde con una frase ya muy conocida: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.»
No niega el pecado. No banaliza el mal. Pero obliga a todos a mirarse por dentro antes de levantar la mano contra otro. Desplaza la atención del pecado ajeno a la propia conciencia. Y con ese gesto rompe la lógica de un juicio que había perdido el alma.
Uno a uno se marcha. Y quedan solo dos: la miseria y la misericordia, como diría san Agustín. Queda la mujer, con su herida y su verdad. Y queda Jesús, que no la aplasta, pero tampoco la engaña. Le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»
Aquí está la gran lección de esta liturgia: la misericordia no niega la verdad, pero la verdad de Dios siempre viene unida a la misericordia. Jesús no dice que no ha pasado nada. Dice que hay un camino nuevo. No condena a la mujer a quedar definida por su pecado. Le abre un futuro.
Eso es exactamente lo que Dios hace también con nosotros en este tiempo de Cuaresma. No viene a humillarnos, sino a salvarnos. No viene a exhibir nuestras miserias, sino a liberarnos de ellas. Pero para hacerlo, necesita que abandonemos dos actitudes muy peligrosas: la de jueces implacables del otro y la de personas que no quieren mirar su propio corazón.
La escena del Evangelio nos obliga a preguntarnos: ¿Con qué piedras sigo viviendo?
¿A quién juzgo sin misericordia? ¿En qué situaciones me siento con derecho a condenar? ¿Y qué zonas de mi propia vida evito mirar?
La Cuaresma es un tiempo para soltar piedras. Piedras interiores: el juicio rápido, la dureza, la superioridad moral, la falta de compasión. Piedras exteriores: palabras que hieren, actitudes que excluyen, condenas que aplastan.
Susana nos enseña la confianza del inocente perseguido. El salmo nos enseña la paz del que camina acompañado. Jesús nos enseña la verdad misericordiosa de Dios.
Y todo esto converge en una llamada muy concreta: dejar de vivir desde la condena y empezar a vivir desde la conversión. No se trata de justificar el mal, sino de creer que el mal no tiene la última palabra cuando se encuentra con Cristo.
Hoy el Señor nos invita a entrar en una lógica nueva: mirar al otro con misericordia,
mirarnos a nosotros con verdad, y dejarnos rehacer por la palabra de Jesús.
Porque solo quien ha soltado la piedra puede tender la mano. Y solo quien se sabe perdonado puede empezar de nuevo.
Pidamos en esta Eucaristía un corazón limpio de dureza, una conciencia humilde y una mirada semejante a la de Cristo. Que nadie quede en nuestra vida reducido a su pecado. Y que tampoco nosotros quedemos encerrados en nuestras caídas,
sino abiertos al camino nuevo que el Señor siempre vuelve a ofrecernos.
