Homilía — Vigilia de Pentecostés.
Queridos hermanos:
Esta noche nos reunimos en vigilante espera del Espíritu Santo. Pentecostés no es sólo una fiesta del calendario; es el gran don pascual de Cristo resucitado a su Iglesia. Sin el Espíritu, la fe se vuelve recuerdo; con el Espíritu, Cristo vive en nosotros, la Palabra arde, la Iglesia camina y el corazón vuelve a nacer.
La primera lectura nos lleva a Babel. Toda la tierra hablaba una misma lengua, pero aquella unidad era frágil, construida sobre el orgullo. Los hombres dijeron: “Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos un nombre”. Ahí está el pecado de Babel: querer subir al cielo sin Dios, construir una humanidad apoyada en sí misma, buscar un nombre propio en lugar de recibirlo de Dios.
Babel es la imagen de todo proyecto humano cerrado a Dios. Cuando el hombre pretende ocupar el lugar del Creador, termina dividido. Quería unidad y encontró confusión. Quería seguridad y acabó disperso. Quería alcanzar el cielo por sus fuerzas y perdió la comunión en la tierra.
Pentecostés será la respuesta de Dios a Babel. El Espíritu Santo no destruye la diversidad de lenguas, pueblos y culturas; la convierte en comunión. La verdadera unidad no nace de imponer una sola voz, sino de recibir un mismo Espíritu. Sólo el amor de Dios puede unir sin uniformar, reconciliar sin aplastar, hacer de muchos un solo cuerpo.
El salmo nos recuerda: “El plan del Señor subsiste por siempre”. Los proyectos humanos pasan, se agrietan, se dispersan cuando se edifican sobre la soberbia. Pero el proyecto de Dios permanece: formar un pueblo suyo, una humanidad reconciliada, una Iglesia habitada por el Espíritu. Dios modela cada corazón y comprende todas sus acciones. Nada de lo nuestro le es extraño: nuestras búsquedas, heridas, deseos, cansancios y sed de vida.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos habla de una creación que gime con dolores de parto. También nosotros gemimos. Gime el mundo herido por guerras, injusticias y divisiones. Gimen las familias cansadas. Gimen los enfermos. Gime la Iglesia cuando necesita conversión. Gime nuestro corazón cuando no sabe rezar, cuando le faltan palabras, cuando sólo puede presentar a Dios su pobreza.
Pero Pablo nos da una noticia inmensa: “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad”. No somos salvados desde nuestra fuerza, sino desde la gracia que entra en nuestra fragilidad. El Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables. Cuando no sabemos qué pedir, Él intercede. Cuando no sabemos cómo seguir, Él sostiene. Cuando nuestra oración parece pobre, Él la lleva al corazón del Padre.
Y en el Evangelio, Jesús se pone en pie y grita: “El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba”. Pentecostés comienza reconociendo la sed. Sed de sentido, de perdón, de paz, de amor verdadero, de comunión, de Dios. Quien se cree autosuficiente no puede recibir el Espíritu. Sólo el sediento busca la fuente.
Jesús promete que de quien cree en Él brotarán ríos de agua viva. El Espíritu no es sólo agua que calma nuestra sed; es agua que nos convierte en fuente para otros. Una Iglesia llena del Espíritu no vive encerrada en sí misma: consuela, anuncia, sirve, perdona, une, sale al encuentro de los sedientos.
Queridos hermanos, esta noche pidamos con humildad: Ven, Espíritu Santo. Ven sobre nuestras Babeles interiores, donde hay orgullo, confusión y división. Ven sobre nuestra debilidad. Ven sobre nuestra sed. Haznos Iglesia unida, orante, misionera y alegre.
Que María, reunida con los discípulos en el Cenáculo, nos enseñe a esperar el Espíritu con corazón pobre y confiado. Y que esta Vigilia abra en nosotros una fuente nueva de fe, esperanza y amor. Amén.
