SELLARÉ

LECTIO DIVINA Sábado de la 5.ª Semana de Cuaresma


1. LECTIO – ¿Qué dice la Palabra?

La liturgia de hoy gira en torno a una gran promesa de Dios: reunir lo que está disperso y sellar una alianza de paz.

En el profeta Ezequiel, el Señor dice:
«Los haré una sola nación… no volverán a contaminarse con sus ídolos… haré con ellos una alianza de paz… pondré entre ellos mi santuario.»
Es una palabra de restauración. Dios no acepta como definitiva la división de su pueblo. Quiere purificarlo, reunirlo y habitar en medio de él.

El canto de Jeremías prolonga esa misma esperanza:
«El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.»
La imagen del pastor habla de cuidado, de búsqueda, de protección y de reunión.

En el Evangelio, después del signo de la resurrección de Lázaro, la oposición contra Jesús crece. Caifás dice que conviene que uno muera por el pueblo. Y san Juan añade el sentido profundo de esa muerte:
Jesús va a morir “para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

La Palabra nos revela así que la entrega de Cristo tiene una fuerza unificadora: Él entra en la Pasión para reunir, reconciliar y rehacer la comunión.


2. MEDITATIO – ¿Qué me dice la Palabra a mí?

Esta Palabra me invita a mirar no solo la dispersión del mundo, sino también mi propia dispersión interior.

A veces vivo dividido por dentro:

  • con deseos que tiran en direcciones opuestas,
  • con afectos desordenados,
  • con prioridades confusas,
  • con heridas que no he reconciliado,
  • con una fe que no logra unificar toda mi vida.

El profeta habla también de los ídolos.
Y me pregunto:
¿Qué “ídolos” me están dispersando hoy?
El afán de control, el deseo de aprobación, la búsqueda obsesiva de seguridad, el orgullo, la necesidad de quedar bien, la absolutización del bienestar… Todo eso fragmenta el corazón.

La promesa de Dios es bellísima:
«Haré con ellos una alianza de paz.»
La paz bíblica no es solo tranquilidad exterior. Es unidad interior. Es un corazón reunido porque Dios vuelve a ocupar el centro.

El Evangelio me hace mirar la cruz con una luz nueva. Jesús no solo muere “por” nosotros; muere para reunirnos. Reúne lo que el pecado ha roto. Reúne al hombre con Dios, a los hermanos entre sí y al corazón consigo mismo.

Puedo preguntarme hoy:

  • ¿Dónde necesito que Cristo me reúna?
  • ¿Qué relación necesita reconciliación?
  • ¿Qué parte de mi vida está descentrada o rota?

La Cuaresma llega aquí a un punto muy hondo: dejarse reunir por Cristo.


3. ORATIO – ¿Qué le digo yo al Señor?

Señor Jesús,
tú has venido a reunir lo que estaba disperso.

Mira mi corazón,
mis divisiones interiores,
mis afectos desordenados,
mis resistencias,
mis miedos,
mis ídolos.

Tú sabes cómo me fragmento por dentro,
cómo me disperso en muchas direcciones,
cómo pierdo la paz cuando me alejo de tu centro.

Haz conmigo una alianza de paz.
Reúne lo que está roto en mí.
Arranca de mi vida todo lo que me desordena.
Purifica mis ídolos.
Vuelve a ocupar el lugar primero en mi corazón.

Y haz también de nosotros una comunidad reconciliada,
capaz de vivir en tu presencia
como un solo pueblo reunido por tu amor.

Amén.


4. CONTEMPLATIO – ¿Qué me hace gustar y vivir?

Contemplo a Cristo entrando libremente en el camino de la Pasión.
No va hacia la cruz para dispersar, sino para reunir.

Contemplo también la imagen del pastor que recoge al rebaño y no abandona a ninguna oveja.

Y dejo resonar en el corazón esta frase:
«Haré con ellos una alianza de paz.»

La repito lentamente.
La dejo bajar a mis zonas de división interior, a mis relaciones heridas, a mis inquietudes.

Contemplo que el Señor no se cansa de rehacer.
No se resigna a mi dispersión.
No me deja fragmentado.
Quiere habitar en mí como en un santuario.

Permanezco en silencio, dejando que esta paz prometida tome espacio dentro de mí.


5. ACTIO – ¿A qué me compromete esta Palabra?

Hoy puedo dar un paso concreto:

  • identificar un “ídolo” que me está descentrando;
  • dar un paso de reconciliación con alguien;
  • simplificar algo en mi vida que me dispersa;
  • repetir durante el día:
    «Señor, reúname en tu paz.»

La unidad del corazón no se improvisa: se recibe y se cultiva.


Oración final

Señor,
reúne lo que está roto en mí.
Haz de mi vida una alianza de paz.
Que no viva disperso,
sino centrado en tu amor.
Y que tu presencia habite en mí
como en un santuario vivo.

Amén.