Homilía – Domingo de Ramos. Misa Mayor del pueblo, después de la procesión y bendición de ramos.
Queridos hermanos:
Venimos de acompañar al Señor por nuestras calles. Hemos salido con los ramos en la mano, hemos bendecido a Cristo, lo hemos aclamado, lo hemos reconocido como nuestro Rey. Y eso es hermoso. Eso dice algo muy grande de la fe de un pueblo. Un pueblo que no tiene vergüenza de confesar a Jesucristo. Un pueblo que quiere que el Señor pase por sus calles, por sus casas, por su historia.
Pero ahora, al entrar en la iglesia y escuchar la Pasión, la liturgia nos hace dar un paso más. Nos dice: no basta con aclamar a Jesús; hay que acompañarlo.
No basta con recibirlo entre palmas y olivos; hay que permanecer con Él cuando llega la cruz.
Ésa es la verdad de este día. El Domingo de Ramos tiene alegría, sí. Tiene belleza, tiene emoción, tiene pueblo, tiene fe compartida. Pero no es una alegría superficial. Porque el mismo Jesús que hoy entra en Jerusalén entre aclamaciones, es el que luego será traicionado, humillado, condenado y crucificado.
Y ahí está la primera enseñanza para nosotros: Jesús no viene buscando aplausos; viene a entregarse. No entra en Jerusalén para ser admirado un momento. Entra para amar hasta el extremo. No viene a ocupar un trono de poder. Viene a subir al trono de la cruz.
La primera lectura nos ha presentado al Siervo fiel: golpeado, despreciado, ultrajado, pero firme. “No me tapé el rostro ante los ultrajes”. Es una imagen impresionante de Cristo. Porque Jesús no huye, no responde con violencia, no se echa atrás. Sigue adelante. Permanece. Confía en el Padre.
Y eso nos toca mucho, porque también nosotros sabemos lo que es sufrir, callar, soportar, caminar con heridas por dentro. En esta iglesia hay personas que llevan muchas cruces: enfermedades, problemas familiares, soledad, preocupaciones, duelos, cansancios. Y hoy la Palabra nos dice algo muy consolador: Cristo no nos salva desde lejos; Cristo entra en el dolor humano y lo carga con nosotros.
Por eso hemos escuchado también ese grito del salmo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” No es sólo una frase. Es el grito de tanta gente. Es el grito del que sufre y no entiende. Del que reza y parece no encontrar respuesta. Del que se siente solo. Y ese grito lo ha hecho suyo Jesús en la cruz.
Eso significa que ya no hay noche humana donde Cristo no haya entrado. Ya no hay herida donde Él no haya puesto su amor. a no hay dolor que Él no pueda abrazar desde dentro.
Y luego san Pablo nos ha dado la gran clave: Cristo “se rebajó”, “se despojó”, “se hizo obediente hasta la muerte”. Y por eso el Padre lo exaltó.
Éste es el camino de Jesús, y también el camino del cristiano: no el orgullo, sino la humildad; no el dominar, sino el servir; no el imponerse, sino el entregarse. El mundo admira al que sobresale. Dios levanta al que ama. El mundo busca ganar. Cristo vence perdiéndose por amor.
Y en la Pasión según san Mateo hemos visto cómo alrededor de Jesús aparece lo peor del corazón humano: traición, cobardía, burlas, injusticia, violencia, indiferencia. Pero en medio de todo eso, Jesús sigue siendo el más libre. Porque nadie le quita la vida: Él la entrega. Nadie le arrebata el amor: Él ama hasta el final.
Hermanos, después de haber recorrido las calles de Los Montesinos con nuestros ramos, la pregunta de hoy es muy sencilla y muy seria: ¿Queremos a Jesús sólo para aclamarlo, o también para seguirlo?
Porque a veces es fácil estar con Él cuando todo es fiesta. Lo difícil es estar con Él cuando toca perdonar. Cuando toca callar. Cuando toca servir sin ser reconocidos.
Cuando toca mantenerse fieles en casa, en el matrimonio, en la vocación, en la enfermedad, en la oración, en las dificultades.
Hoy no basta con decir “¡Viva Jesús!” Hoy hay que decir también:
“Señor, quiero caminar contigo en esta Semana Santa.” Quiero acompañarte no sólo por fuera, sino por dentro. Quiero que entres en mi vida.
Quiero que pases por mis calles interiores: por mi orgullo, por mis miedos, por mis pecados, por mis heridas, por mi tibieza, por todo aquello que necesita tu salvación.
Ése es el verdadero sentido de este día. La procesión que hemos hecho por fuera tiene que continuar ahora por dentro. El ramo que llevamos en la mano tiene que convertirse en fe en el corazón. La aclamación de los labios tiene que hacerse fidelidad en la vida.
Comenzamos la Semana Santa. Y tenemos que comenzarla bien. No como una costumbre más. No sólo como una tradición bonita de nuestro pueblo.
Sino como una gracia. Como una oportunidad. Como un encuentro real con Jesucristo, que entra humildemente para salvarnos.
Pidámosle al Señor, en esta Misa Mayor, una sola cosa: que no seamos sólo un pueblo que sabe acompañarlo por las calles, sino una comunidad que sabe permanecer con Él en el amor, en la fe y en la cruz.
Y que María Santísima nos enseñe a vivir estos días santos cerca de Jesús, con un corazón fiel, humilde y agradecido. Amén.
