Homilía. Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Esta fiesta nos lleva a contemplar el amor de Dios revelado en Cristo. Al mirar el Corazón de Jesús contemplamos el modo concreto en que Dios nos ama: con una ternura capaz de cargar nuestras heridas y devolvernos la vida.
La primera lectura del Deuteronomio nos ofrece una palabra preciosa: “El Señor se enamoró de vosotros y os eligió.” Israel aprende que su historia comienza en una elección de amor. Dios no escogió a su pueblo por su fuerza, su grandeza o sus méritos. Lo escogió “por puro amor”. Esa expresión ilumina toda la fiesta de hoy. En el origen de nuestra fe hay un amor primero, gratuito, inmerecido, fiel. Antes de nuestras respuestas, Dios ya nos ha amado. Antes de nuestros esfuerzos, Dios ya nos ha buscado. Antes de nuestras fidelidades frágiles, Dios ya había puesto su corazón sobre nosotros.
Por eso el Deuteronomio invita a reconocer y a observar. Reconocer quién es Dios y vivir de acuerdo con ese amor. La experiencia de saberse amado no queda encerrada en un sentimiento íntimo. Se convierte en alianza, en fidelidad, en respuesta concreta. Quien descubre el amor de Dios aprende a ordenar su vida desde ese amor.
El salmo nos ayuda a responder con gratitud: “Bendice, alma mía, al Señor.” La memoria del creyente se llena de agradecimiento cuando recuerda el perdón recibido, la vida rescatada, la misericordia que acompaña sus pasos. El salmo canta a un Dios que perdona, cura, rescata y colma de gracia. Así es el Corazón de Cristo: un corazón abierto para que el pecador encuentre perdón, el cansado descanso y el herido consuelo.
San Juan, en la segunda lectura, nos conduce todavía más adentro: “Dios nos amó.” Y añade una consecuencia clara: “También nosotros debemos amarnos unos a otros.” El amor recibido se convierte en amor entregado. La devoción al Sagrado Corazón alcanza su verdad cuando nuestro corazón se va pareciendo al de Cristo. Contemplar su Corazón significa dejar que nuestras durezas se ablanden, que nuestras heridas sean sanadas, que nuestra manera de tratar a los demás reciba la forma del Evangelio.
El Evangelio nos entrega una de las palabras más consoladoras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.” El Corazón de Cristo se ofrece como lugar de descanso. Jesús conoce nuestros cansancios: los de la vida diaria, los de la enfermedad, los de la soledad, los de la culpa, los de las cargas que a veces llevamos en silencio. Y no nos da primero una explicación; nos llama hacia Él. “Venid a mí.” La respuesta cristiana comienza muchas veces con ese gesto sencillo: acercarse a Jesús, dejarse mirar por Él, descansar en su amor.
Después añade: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.” Esta frase revela el alma de Cristo. Su mansedumbre no es debilidad; es la fuerza del amor que no aplasta. Su humildad no es pequeñez triste; es la grandeza de quien se inclina para levantar. En el Corazón de Jesús, Dios se hace accesible. Nadie queda excluido de su llamada. Nadie está demasiado lejos para volver. Nadie está demasiado cansado para ser acogido.
Celebrar el Sagrado Corazón es entrar en una escuela de amor. Aprendemos a mirar como Cristo, a servir como Cristo, a perdonar desde Cristo, a vivir con un corazón menos endurecido y más disponible. Esta fiesta nos recuerda que la Iglesia solo será creíble si transparenta algo de ese Corazón: una Iglesia cercana a los cansados, sensible al sufrimiento, fiel al Evangelio y capaz de anunciar que Dios ama por puro amor.
Hoy podemos presentar al Señor nuestro propio corazón. Con sus heridas, sus deseos, sus pobrezas y sus cansancios. Podemos decirle: Señor Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo. Enséñame a vivir desde tu amor. Dame descanso cuando me pese la vida. Dame humildad para dejarme amar. Dame caridad para amar mejor.
Que el Sagrado Corazón de Jesús sea nuestro refugio, nuestra escuela y nuestra fuerza. Y que, al contemplarlo, descubramos de nuevo la verdad más profunda de nuestra vida: somos amados por Dios con un amor fiel, gratuito y eterno.
Amén.
