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Homilía. Martes de la X semana del Tiempo Ordinario. Año par

Queridos hermanos:

Ayer comenzábamos este itinerario espiritual con el libro de los Reyes y el Evangelio de Mateo. Elías aparecía como el profeta habitado por la Palabra, enviado en un tiempo difícil y sostenido por Dios en la pobreza del torrente. Jesús nos abría el camino del Reino con las Bienaventuranzas, llamándonos a una dicha nacida de la confianza, de la pobreza interior y de la fidelidad.

Hoy la Palabra da un paso más. El torrente se seca y Elías es enviado a Sarepta, a casa de una viuda pobre. La escena es profundamente humana: hambre, escasez, miedo, un poco de harina y unas gotas de aceite. Aquella mujer prepara lo que piensa que será su última comida. En medio de esa pobreza escucha una palabra que cambia todo: “No temas.”

Esta palabra aparece muchas veces en la Escritura porque Dios conoce el corazón humano. El miedo estrecha la mirada, nos encierra en la preocupación y nos hace calcular solo desde lo que falta. La viuda ve poca harina, poco aceite, poco futuro. El profeta le pide un gesto de confianza: compartir antes de asegurar, dar antes de reservar, creer antes de ver.

Y entonces sucede el signo: “La orza de harina no se vació y la alcuza de aceite no se agotó.” Dios no multiplica desde la abundancia, sino desde una pobreza ofrecida con fe. La providencia entra por una rendija de confianza. Aquella mujer descubre que la vida sostenida por Dios puede abrir futuro donde todo parecía agotarse.

El salmo recoge esta experiencia con una oración luminosa: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.” Quien vive bajo esa luz recibe una alegría más profunda que la simple seguridad material. Por eso el salmista puede decir: “Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría.” Hay una alegría que nace al saberse mirado por Dios, acompañado por Él, sostenido incluso cuando las reservas son pequeñas.

El Evangelio enlaza con esta luz interior y la convierte en misión. Jesús dice a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo.” Ayer nos mostraba quiénes son los bienaventurados; hoy nos dice para qué están en el mundo. El discípulo formado por las Bienaventuranzas se convierte en presencia que da sabor, conserva el bien y alumbra el camino.

La sal actúa discretamente. La luz se ofrece para que otros puedan ver. Así ha de ser la vida cristiana: una fe que se nota en las obras, una confianza que contagia esperanza, una caridad que hace visible al Padre. Jesús lo dice con claridad: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.”

Aquí se unen las lecturas. La viuda de Sarepta ilumina desde su pobreza confiada; Elías lleva la Palabra allí donde falta pan; el discípulo de Jesús está llamado a ser luz allí donde hay miedo, desaliento o oscuridad. La verdadera luz cristiana nace de una vida entregada a Dios y disponible para los demás.

Pidamos hoy al Señor que nos libre del miedo que paraliza. Que nos enseñe a confiar cuando nuestras reservas parecen pequeñas. Que haga brillar su rostro sobre nosotros y convierta nuestra vida en una luz humilde, capaz de llevar a otros hacia el Padre.

Amén.