Homilía – Domingo de Pascua
Hoy la Iglesia anuncia algo grande: ha comenzado una creación nueva. Ha cambiado el tiempo. Ha cambiado la historia. Ha cambiado el destino del hombre. El sepulcro ya no es el lugar del final. La muerte ya no tiene la última palabra. Cristo ha resucitado, y con Él se ha abierto para la humanidad una posibilidad absolutamente nueva: vivir de verdad.
Por eso la Pascua es el gran giro de la historia. Hasta ayer todo parecía clausurado. La cruz había parecido el final. La piedra del sepulcro parecía definitiva. El miedo de los discípulos, el silencio del sábado, la tristeza de las mujeres, todo hablaba de una historia cerrada. Y, sin embargo, en la madrugada del primer día de la semana, cuando todavía muchos pensaban que simplemente comenzaba otro día más, en realidad comenzaba el mundo nuevo.
Eso es lo primero que el Evangelio quiere decirnos. María Magdalena va al sepulcro y encuentra la piedra quitada. Luego Pedro y el discípulo amado corren, entran, ven los lienzos, ven el sudario, ven el vacío. Y ese vacío comienza a hablar. No es un vacío de ausencia. Es un vacío lleno de promesa. Es el vacío que deja la muerte cuando ha sido vencida. Es el vacío de una tumba que ya no puede retener al Viviente.
En el fondo, el Evangelio nos está diciendo que aquellas mujeres y aquellos discípulos fueron al lugar equivocado buscando a Jesús. Fueron a la tumba. Fueron al sitio donde terminan los muertos. Pero Cristo ya no está allí. No está aquí. Ésa es la gran noticia de Pascua. El último lugar donde ya podemos buscar al Señor es el sepulcro. Porque el Señor vive. Porque ha salido. Porque va delante. Porque nos precede.
Y esto tiene una fuerza inmensa para nuestra vida. Porque nosotros también buscamos muchas veces en lugares equivocados. Buscamos vida donde sólo hay costumbre. Buscamos esperanza donde sólo hay cálculo. Buscamos sentido donde sólo hay consumo, prisa o apariencia. Buscamos al Viviente entre cosas muertas. Y la Pascua viene a sacudirnos y a decirnos: no sigas buscando entre sepulcros lo que sólo puede darte el Resucitado.
San Pedro, en la primera lectura, no predica una teoría. Anuncia un hecho: “Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día”. Éste es el centro de la fe. Cristo ha sido crucificado, sí. Ha cargado con el pecado del mundo, sí. Ha entrado hasta el fondo en nuestra noche, sí. Pero el Padre no lo ha dejado en la muerte. Lo ha resucitado. Lo ha acreditado como Señor de vivos y muertos. Lo ha constituido fuente de perdón y de vida nueva.
Y san Pablo nos lleva aún más adentro cuando dice que nuestra vida “está escondida con Cristo en Dios”. Qué frase tan impresionante. El cristiano no es sólo alguien que cree que Jesús resucitó hace siglos. El cristiano es alguien cuya vida ha quedado ya misteriosamente ligada a la vida del Resucitado. Por eso la Pascua no se contenta con decirnos: “Cristo vive”. Nos dice también: vive como resucitado. Busca los bienes de arriba. Deja atrás la levadura vieja. No sigas arrastrando la lógica del hombre viejo. No vivas encerrado en la tumba de tus miedos, de tus pecados, de tus inercias, de tus resignaciones.
Y aquí está una de las intuiciones más hondas de la Pascua: para vivir, es necesario resucitar. No basta con seguir respirando. No basta con ir tirando. No basta con continuar la vida de siempre con un poco más de consuelo religioso. Pascua no es sobrevivir. Pascua es pasar. Pascua es dejar atrás. Pascua es cruzar. Pascua es romper con la vieja lógica del pecado, del miedo y de la tristeza sin horizonte. Pascua es aceptar que Cristo pone a nuestra disposición su muerte y su resurrección, para que también nosotros hagamos con Él la travesía.
Por eso celebrar la Pascua no significa ser espectadores del acontecimiento, ni escuchar una vez más su narración. Significa entrar en él. Tomar parte. Dejar que su victoria nos alcance. Aceptar que el Resucitado rehaga nuestro modo de vivir. Porque si Cristo ha resucitado y nada cambia en nosotros, entonces hemos oído el anuncio, pero no hemos dejado que se convierta en vida.
Los textos que has compartido tienen una imagen bellísima: el sepulcro se convierte en una especie de cuna. Es una expresión profundamente pascual. Allí donde parecía que todo había terminado, en realidad estaba comenzando algo. Allí donde parecía sellado el fracaso, estaba naciendo la vida nueva. La tumba deja de ser sólo tumba. Se convierte en umbral. En comienzo. En aurora. En señal de que Dios puede hacer brotar vida precisamente donde nosotros sólo esperábamos el final.
Y eso también toca directamente nuestra experiencia. Porque todos llevamos alguna piedra encima. Una piedra grande. A veces es la indecisión. A veces la oscuridad interior. A veces una herida antigua. A veces el cansancio. A veces el pecado repetido. A veces una resignación que nos ha ido quitando la esperanza. Y terminamos acostumbrándonos a ella, como las mujeres del Evangelio que llevaban ya la preocupación: “¿Quién nos correrá la piedra?”.
Pues bien, la Pascua nos dice hoy algo inmenso: alguien ya ha corrido la piedra. Y no sólo la del sepulcro de Cristo. También la de nuestros encierros interiores. También la de nuestros fatalismos. También la de esa idea de que nada puede cambiar. La piedra no ha sido retirada sólo para que Jesús salga; ha sido retirada para que nosotros podamos entrar en una vida nueva.
Por eso el Evangelio no termina en la tumba. Termina en el camino. El Resucitado va delante de vosotros a Galilea. Qué significa eso. Significa que la Pascua no nos deja sentados mirando el sepulcro vacío. Nos envía a la vida. Nos espera en Galilea, es decir, en la vida concreta, en la historia diaria, en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en los cruces reales de la existencia. La Pascua es anuncio, pero también es misión. Es experiencia interior, pero también es testimonio. No basta con saber que Cristo vive. Hay que dejar que los demás vean en nosotros los signos de su presencia.
Y aquí podríamos preguntarnos con mucha sencillez: ¿qué tiene que resucitar hoy en mí? ¿Qué tumba interior necesito dejar atrás? ¿Qué piedra me tiene todavía paralizado? ¿Qué forma de vida vieja sigo arrastrando como si la resurrección no hubiera sucedido? Porque la Pascua sólo se vuelve real cuando toca algo concreto en nosotros: cuando resucita la esperanza, cuando resucita la confianza, cuando resucita la capacidad de amar, cuando resucita la fe adormecida, cuando resucita la alegría, cuando resucita el deseo de comenzar de nuevo.
Domingo de Pascua significa que el tiempo ha cambiado. Ya no vivimos bajo el dominio de la muerte. Ya no vivimos bajo la tiranía de lo inevitable. Ya no vivimos condenados a repetir lo viejo. Cristo ha inaugurado el primer día del mundo nuevo. Y si el mundo nuevo ha comenzado, entonces también nosotros tenemos derecho —y deber— de vivir de otra manera.
Por eso hoy no basta con decir “feliz Pascua” como una fórmula bonita. Decir feliz Pascua quiere decir: la Pascua es para ti. Entra en ella. Toma parte. Déjate alcanzar. No la dejes para mañana. No pospongas tu resurrección interior. No dejes la vida nueva para más adelante. Porque, en el fondo, después de todo, resucitar es la única manera que tenemos para estar verdaderamente vivos.
Cristo ha resucitado. El sepulcro está vacío. La piedra ha sido corrida. La muerte se ha quedado con las manos vacías. Y ahora el Señor nos precede. Que no nos encuentre aferrados a nuestras tumbas, ni abrazados a nuestras piedras, ni instalados en la vieja vida. Que nos encuentre en camino, con el corazón abierto, dispuestos a vivir como hombres y mujeres que saben que la vida ha vencido.
Amén.
