ESTA NOCHE SANTA

VIGILIA PASCUAL

Esta noche santa la Iglesia no sólo celebra que Jesús ha resucitado. Esta noche contempla, conmovida y agradecida, la obra entera de Dios. Esta noche comprendemos que nada ha sido inútil, que nada ha quedado roto para siempre, que nada se ha escapado de las manos del Padre. La Vigilia Pascual es la noche en la que se revela el sentido profundo de la historia. La creación, la alianza, la liberación, la promesa, el bautismo, la cruz y el sepulcro vacío forman parte de un único designio de amor. Todo converge en Cristo. Todo llega a su plenitud en Él. Todo encuentra en su muerte y resurrección la respuesta definitiva.

Por eso hemos comenzado en la oscuridad. Y esa oscuridad no era sólo un detalle litúrgico. Era una verdad sobre nosotros. Sin Cristo, el hombre camina entre sombras. Sin Cristo, la herida permanece abierta. Sin Cristo, la muerte parece cerrar el horizonte. Sin Cristo, el pecado sigue pesando como una noche que no acaba. Pero en medio de esa oscuridad ha brillado una luz nueva. El fuego nuevo ha roto la noche. El cirio pascual se ha encendido. Y la Iglesia ha proclamado, con una alegría que casi desborda la palabra, que ésta es la noche en que lo humano y lo divino vuelven a encontrarse, la noche en que el cielo se une con la tierra, la noche verdaderamente dichosa en la que Dios manifiesta que su amor es más fuerte que la muerte.

El Pregón Pascual se ha atrevido a decir algo que sólo la fe puede comprender: “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. No se canta el pecado. Se canta la inmensidad del amor de Dios. Se canta que ni siquiera el pecado del hombre ha sido capaz de detener el proyecto de Dios. Se canta que allí donde el hombre abrió una herida, Dios abrió una fuente. Se canta que allí donde todo parecía perdido, Dios preparaba una redención todavía más grande. En esta noche santa la Iglesia no mira primero el mal, sino la victoria del amor que ha sabido entrar en el mal para vencerlo.

La primera gran palabra que hemos escuchado ha sido la de la creación. “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”. Qué importante es empezar ahí. En el origen de todo no hay caos sin sentido, ni abandono, ni oscuridad definitiva. En el origen de todo está la bondad de Dios. El mundo ha salido de sus manos como obra bella, amada y querida. Y en el centro de esa creación estaba el hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador, la cumbre de aquella obra magnífica. Todo era bueno. Todo estaba lleno de sentido. Todo respiraba la bondad primera de Dios.

Pero el pecado hirió esa hermosura. La creación quedó herida. El corazón del hombre se endureció. La comunión se rompió. La historia se llenó de sombras. Y, sin embargo, Dios no abandonó su obra. Ésta es una de las grandes emociones de esta noche: Dios no se cansó del hombre. Dios no borró su proyecto. Dios no renunció a su sueño. Preparó pacientemente una nueva creación. Y esa nueva creación tiene un rostro: Cristo resucitado. Lo que se perdió en Adán comienza a ser restaurado y superado en Cristo. Por eso podemos decir que esta noche es más hermosa aún que la primera creación, porque ahora no sólo contemplamos el mundo salido de las manos de Dios, sino la humanidad rehecha en el Hijo, herida y al mismo tiempo redimida, recreada por el amor pascual.

Después hemos contemplado el gran paso del mar Rojo. Israel, acorralado, sin salida, con el mar delante y el enemigo detrás. Y justamente ahí, donde humanamente sólo había angustia, Dios abrió un camino. El pueblo atravesó el mar por lo seco. La esclavitud quedó atrás. La libertad comenzó. Y la Iglesia siempre ha visto en esa escena algo más que un recuerdo del pasado. Ha visto una profecía viva. El mar Rojo es figura del bautismo. El faraón hundido en las aguas es imagen de la destrucción del pecado y de la muerte. El pueblo que atraviesa el mar es figura del pueblo cristiano, que a través del agua bautismal es arrancado de la esclavitud y conducido a la vida nueva.

Qué hermoso es contemplar así el proyecto de Dios. Él no quiere a sus hijos esclavos. No quiere al hombre sometido para siempre al pecado, al miedo, a la muerte. Dios abre caminos. Dios hace pasar. Dios saca de Egipto. Dios rompe cadenas. Y todo eso alcanza su plenitud en la Pascua de Cristo. Él ha atravesado la muerte. Él ha entrado en la noche más densa. Él ha pasado por el abismo. Y ha abierto para nosotros un camino. Ya no hay mar que no pueda ser cruzado. Ya no hay esclavitud que tenga la última palabra. Ya no hay tumba que pueda decir el final definitivo de la historia humana. Por eso esta noche cantamos con Israel y con la Iglesia: “Cantemos al Señor, sublime es su victoria”.

Y más adelante ha resonado la profecía de Ezequiel: “Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo”. Aquí el proyecto de Dios se vuelve todavía más íntimo. Dios no quiere sólo cambiar la situación exterior del hombre. Quiere cambiar su corazón. Quiere purificarlo. Quiere lavarlo. Quiere arrancarle el corazón de piedra y darle un corazón de carne. Quiere habitar dentro de él con su Espíritu. Ésta es la gran promesa de la Pascua: una humanidad nueva, purificada, reconciliada, habitada por Dios.

Y la monición que has compartido lo expresa muy bien: lo que fue anunciado a Israel encuentra su cumplimiento pleno en nosotros por medio del agua del Bautismo y por la efusión del Espíritu. Esta noche santa es también la noche bautismal. La Iglesia recuerda quién es: el pueblo reunido por el agua y el Espíritu, el pueblo que ha sido lavado, perdonado, recreado, el pueblo de los hijos. La Pascua no es sólo una victoria de Cristo contemplada desde fuera. Es una vida nueva que se nos comunica. Es un corazón nuevo que se nos ofrece. Es el Espíritu de Dios entrando en nuestra pobreza para transformarla.

Por eso san Pablo nos ha llevado al centro mismo del misterio: por el bautismo hemos sido incorporados a la muerte de Cristo para vivir también con Él una vida nueva. Qué afirmación tan impresionante. Cristo no resucita sólo para que lo admiremos. Resucita para hacernos partícipes de su vida. Su Pascua quiere convertirse en nuestra Pascua. Su triunfo quiere tocar nuestra historia. Su novedad quiere entrar en nuestra carne, en nuestra memoria, en nuestro corazón, en nuestros vínculos, en nuestras luchas, en nuestra manera de vivir. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. Y quien ha sido injertado en Él está llamado a vivir ya de otra manera.

Aquí toca el centro de la Vigilia Pascual. Esta noche la Iglesia no sólo anuncia que Cristo vive. Anuncia también que en Él nuestra vida puede recomenzar. Por eso la renovación de las promesas bautismales tiene tanta densidad. No es un rito accesorio. Es la respuesta del pueblo que quiere volver a ponerse de pie. Es la voz de quienes quieren renunciar de nuevo al pecado, a la seducción del mal, a la mediocridad de una vida sin Evangelio, para volver a decir sí a Cristo, sí a la fe, sí a la vida nueva, sí al Espíritu.

Y finalmente hemos llegado al Evangelio. Las mujeres van al sepulcro llevando todavía dentro el dolor del Viernes Santo. Van buscando a un muerto. Van con el corazón cansado, herido, desconcertado. Van al lugar de la pérdida. Y allí se abre la noticia más grande de todos los siglos: “Ha resucitado”. Ésa es la palabra que sostiene esta noche. Ha resucitado. El sepulcro está vacío. La piedra ha sido removida. La muerte ya no tiene dominio. Cristo vive. Y porque vive, todo cambia.

Es muy hermoso que el Evangelio diga que va delante de los suyos a Galilea. Galilea es el lugar de la vida ordinaria, del primer amor, del comienzo del discipulado, del camino cotidiano. Eso significa que la resurrección no nos arranca de la historia, sino que nos devuelve a ella de una forma nueva. El Resucitado nos espera en la vida real. En la casa. En la familia. En la comunidad. En el trabajo. En las heridas. En la misión. En la vida concreta. La Pascua no es una emoción para una noche; es una presencia que nos precede y que nos llama a caminar.

Y aquí la homilía tiene que tocar nuestra vida. Porque todos llegamos a esta noche con alguna oscuridad dentro. Hay cansancios. Hay duelos. Hay pecados repetidos. Hay preguntas que siguen abiertas. Hay zonas del alma donde parece que todavía manda la piedra del sepulcro. Y esta noche la Iglesia nos dice, con la fuerza serena del Evangelio, que Cristo ha resucitado precisamente para entrar ahí. Para tocar esa noche. Para abrir esa tumba. Para recrear lo que parecía perdido. Para hacer de nosotros una nueva creación.

Por eso la Pascua es profundamente emotiva. Porque no es una idea. Es una irrupción de vida. Es Dios diciéndole al hombre: no estás hecho para el sepulcro, estás hecho para la vida. No estás hecho para quedarte en Egipto, estás hecho para atravesar el mar. No estás hecho para conservar un corazón de piedra, estás hecho para recibir un corazón nuevo. No estás hecho para permanecer encerrado en la culpa, estás hecho para vivir como hijo. No estás hecho para una noche eterna, sino para la mañana de la resurrección.

Al final, el proyecto de Dios que hemos recorrido en las lecturas se vuelve maravillosamente claro. Dios crea por amor. Dios libera por amor. Dios promete un corazón nuevo por amor. Dios sumerge a su pueblo en la muerte y resurrección de su Hijo por amor. Y en Cristo resucitado todo alcanza su plenitud. Él es el nuevo Adán, el principio de la nueva creación. Él es el verdadero paso, el éxodo definitivo. Él es el que derrama el agua pura y comunica el Espíritu. Él es el que ha vencido la muerte y ha inaugurado para todos nosotros una vida nueva.

Ésta es la noche santa en la que la Iglesia vuelve a nacer. Ésta es la noche en la que el bautismo recobra toda su frescura. Ésta es la noche en la que el Aleluya rompe por fin el largo silencio cuaresmal. Ésta es la noche en la que el mundo, herido pero amado, escucha la palabra definitiva de Dios. Y esa palabra no es pecado. No es fracaso. No es muerte. Esa palabra es Cristo resucitado.

Pidamos, entonces, una sola gracia: que esta Pascua no pase junto a nosotros sin transformarnos. Que no cantemos el Aleluya sólo con los labios. Que no sostengamos la vela sólo con la mano. Que no renovemos las promesas bautismales sólo de memoria. Que el fuego nuevo encienda de verdad nuestra fe. Que el agua pura lave de verdad nuestro corazón. Que el Espíritu de Dios nos rehaga por dentro. Y que el Resucitado, que va delante de nosotros a Galilea, nos encuentre dispuestos a comenzar con Él una vida nueva.

Amén.