NO A NOSOTROS

Homilía — Lunes de la V Semana de Pascua

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes de Pascua nos pone delante una llamada muy clara: dejar los ídolos vanos y volver al Dios vivo. Es una llamada antigua y, al mismo tiempo, profundamente actual.

En la primera lectura, Pablo y Bernabé anuncian el Evangelio en Listra. Allí encuentran a un hombre lisiado, que escucha con atención. Pablo, “viendo que tenía una fe capaz de obtener la salud”, le dice: “Levántate, ponte derecho”. Y aquel hombre se puso en pie.

La fe tiene esta fuerza: Hay parálisis del cuerpo, pero también del alma: el miedo, la falta de perdón, la tristeza, la costumbre, la tibieza, la desconfianza, la sensación de que ya nada puede cambiar. Y el Señor resucitado sigue diciendo: levántate. Ponte en pie. Camina. Yo hago nueva tu vida.

Pero la gente, al ver el milagro, se equivoca. En lugar de alabar a Dios, quiere adorar a Pablo y Bernabé como si fueran dioses. Y ellos reaccionan con humildad: “Nosotros somos humanos de la misma condición que vosotros”. Qué necesaria es esta palabra. El discípulo de Cristo sabe que todo bien viene de Dios. Ningún servidor del Evangelio debe ocupar el lugar del Señor. Ningún carisma, ningún ministerio, ninguna obra, ningún éxito pastoral puede quedarse con la gloria que sólo pertenece a Dios.

Por eso el salmo nos hace rezar: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”. Esta oración purifica el corazón. Nos ayuda a servir sin buscar aplausos, a hacer el bien sin apropiarnos de los frutos, a trabajar por el Reino con libertad interior. Todo lo bueno que somos y hacemos nace de la gracia. A nosotros nos toca colaborar; a Dios le pertenece la gloria.

El salmo habla también de los ídolos: “plata y oro, hechura de manos humanas”. Los ídolos prometen mucho y dan poco. Parecen fuertes, pero están vacíos. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen. Así ocurre con todo lo que ocupa el lugar de Dios: acaba endureciendo el corazón y robando vida. Sólo el Dios vivo puede escuchar, mirar, hablar, acompañar, perdonar y salvar.

En el Evangelio, Jesús nos muestra cómo se vive la verdadera relación con Dios: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. Amar a Jesús no es sólo sentir algo bonito; es guardar su palabra, hacerla vida, dejar que oriente nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestro modo de tratar a los demás. El amor a Cristo se verifica en la fidelidad concreta.

Y Jesús nos promete el gran don pascual: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre, será quien os lo enseñe todo”. No caminamos solos. El Espíritu Santo es el maestro interior, el defensor, el consolador, el que recuerda las palabras de Jesús y las hace vivas en nosotros. Él nos enseña a distinguir al Dios vivo de los ídolos vanos. Él nos ayuda a amar a Cristo de verdad. Él levanta nuestra fe cuando se debilita y enciende la esperanza cuando el corazón se cansa.

Que esta Eucaristía nos ayude a poner a Dios en el centro. Que podamos decir con humildad: Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Y que el Espíritu Santo nos enseñe a amar a Jesús guardando su palabra y viviendo cada día como testigos del Dios vivo. Amén.