Homilía – miércoles de la III Semana de Pascua
La Palabra de hoy nos sitúa ante una paradoja sorprendente: Dios actúa incluso cuando todo parece romperse.
La primera lectura comienza con una escena dura: persecución, violencia, dispersión. La comunidad cristiana de Jerusalén se rompe. La muerte de Esteban ha abierto una herida profunda. Y Saulo aparece como símbolo de esa fuerza que quiere destruir. Todo parece un fracaso.
Sin embargo, ocurre algo inesperado: “Los que habían sido dispersados iban anunciando la Buena Nueva” Lo que parecía destrucción se convierte en expansión. Lo que parecía final se transforma en comienzo. El Evangelio llega a lugares nuevos.
Felipe baja a Samaria —un territorio impensable para muchos judíos— y allí anuncia a Cristo. Y el resultado es sorprendente: “La ciudad se llenó de alegría.”
Así pues, el salmo nos invita a “ver las obras de Dios” Dios sigue actuando. A veces no como esperamos, pero siempre abriendo caminos.
Y el Evangelio nos lleva a ver las obras de Dios en Jesús: “El que viene a mí no lo echaré fuera” Y va aún más lejos: “Esta es la voluntad del Padre: que no pierda nada… y que lo resucite.”
La voluntad de Dios no es que la vida se pierda, sino que sea llevada a plenitud.
Esto ilumina la primera lectura de una manera nueva: aunque la comunidad se disperse, no está perdida. Aunque haya persecución, no está derrotada.
Aunque todo parezca fragmentarse, Dios sigue sosteniendo la historia.
Pidamos hoy otra gracia: confiar incluso en medio de nuestras dispersiones, ya que la vida está en sus manos.
