NADA QUEDA OLVIDADO

Homilía — viernes de la IV Semana de Pascua. San José Obrero — 1 de mayo

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el viernes de la cuarta semana de Pascua y, al mismo tiempo, la memoria de San José Obrero, en este 1 de mayo, Día del Trabajador. La Palabra de Dios y la figura sencilla de San José nos invitan a mirar nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo y nuestras responsabilidades desde la luz de Cristo resucitado.

En la primera lectura, san Pablo anuncia una noticia que sostiene toda la fe cristiana: “Dios ha cumplido la promesa resucitando a Jesús”. La resurrección de Cristo nos dice que la vida humana. Nada vivido con amor se pierde. Ninguna entrega sencilla queda olvidada ante Dios.

Esta verdad pascual ilumina de manera especial el mundo del trabajo. Porque muchas personas viven su trabajo con alegría y vocación, pero muchas otras lo viven con preocupación: trabajos precarios, salarios insuficientes, desempleo, incertidumbre, falta de reconocimiento y promoción laboral, dificultad para conciliar la vida laboral y familiar. También están quienes han trabajado toda una vida y ahora cargan con la fragilidad de los años, o quienes buscan una oportunidad y sienten cerradas muchas puertas.

En medio de todo eso, la Pascua nos recuerda que Dios mira la vida concreta de sus hijos. Cristo resucitado está presente en los talleres, en las oficinas, en el campo, en las casas, en los hospitales, en las aulas, en los comercios, en el cuidado silencioso de una familia, en tantas tareas visibles y ocultas que sostienen la vida de los demás.

Hoy contemplamos a San José Obrero. José fue un hombre justo, trabajador, discreto y fiel. Con sus manos de carpintero sostuvo el hogar de Nazaret. Con su trabajo cuidó a María y a Jesús. En su taller, Jesús aprendió el valor del esfuerzo, del silencio fecundo, de la humildad y de la vida ordinaria vivida para Dios.

San José nos enseña que el trabajo tiene una dignidad profunda. El trabajo no es sólo una forma de ganarse el pan; es también un modo de colaborar con la creación, de servir a los demás, de cuidar la familia, de construir sociedad, de santificar la vida cotidiana. Cuando se realiza con honestidad, justicia y amor, el trabajo se convierte en lugar de encuentro con Dios.

Por eso, en el Día del Trabajador, rezamos por todos los trabajadores. Rezamos por quienes tienen empleo y por quienes lo buscan. Rezamos por quienes trabajan en condiciones difíciles. Rezamos por quienes cuidan en casa sin salario ni reconocimiento. Rezamos por los jóvenes que desean abrirse camino, por los padres que sostienen a sus familias, por los mayores que entregaron sus fuerzas durante años. Y pedimos una sociedad donde el trabajo sea digno, justo, seguro y humano.

El salmo nos hace escuchar una palabra del Padre: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”. En Cristo resucitado descubrimos nuestra identidad más profunda: somos hijos amados de Dios. Nuestra dignidad nace de Dios.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No se turbe vuestro corazón”. Qué necesaria es esta palabra. Hay corazones turbados por la falta de trabajo, por el exceso de carga, por la inestabilidad, por el futuro de los hijos, por las enfermedades, por las preocupaciones diarias. Jesús conoce nuestra inquietud y nos ofrece confianza: “Creed en Dios y creed también en mí”.

Después pronuncia una de las frases más hermosas del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Cristo es el camino cuando no sabemos por dónde seguir. Es la verdad cuando nos confunden tantas voces. Es la vida cuando el cansancio amenaza con apagar la esperanza.

Queridos hermanos, hoy pidamos a San José Obrero que nos enseñe a vivir nuestra jornada con fe. Que cada tarea, grande o pequeña, pueda convertirse en ofrenda. Que sepamos trabajar con responsabilidad, descansar con gratitud, luchar por la justicia, cuidar a quienes dependen de nosotros y reconocer la dignidad de cada persona.

Y llevemos al altar todo el mundo del trabajo: Cristo resucitado, que es el camino, la verdad y la vida, puede llenar de sentido lo que somos y lo que hacemos.

Que esta Eucaristía fortalezca nuestra esperanza. Que San José Obrero interceda por nosotros. Y que, como él, sepamos vivir cada día con fe sencilla, trabajo honrado y corazón puesto en Dios. Amén.