Homilía. Lunes de la IX semana del Tiempo Ordinario, año par. Memoria obligatoria de san Justino, mártir
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante una verdad muy profunda: la vida cristiana es una participación real en la vida de Dios y, precisamente por eso, está llamada a dar fruto. Dios no nos ha llamado a una existencia mediocre, cerrada en sí misma, movida solo por intereses humanos. San Pedro nos dice con una expresión bellísima que el Señor nos ha dado bienes inapreciables para que podamos “participar del mismo ser de Dios”. Esta afirmación debería llenarnos de asombro. La fe cristiana no consiste únicamente en creer unas verdades o cumplir unas obligaciones; es una vida nueva recibida de Dios, una comunión con Él que transforma la manera de pensar, de amar y de actuar.
Por eso san Pedro añade una especie de camino espiritual: a la fe hay que unir la honradez; a la honradez, el criterio; al criterio, el dominio propio; al dominio propio, la constancia; a la constancia, la piedad; a la piedad, el cariño fraterno; y al cariño fraterno, el amor. Es como si nos dijera que la gracia recibida tiene que ir madurando en nosotros. Dios nos regala su vida, y nosotros respondemos dejando que esa vida tome forma concreta en nuestras decisiones.
La fe necesita hacerse honradez, porque creer en Dios pide una vida limpia, verdadera, transparente. Necesita hacerse criterio, porque el discípulo no puede vivir arrastrado por cualquier corriente. Necesita dominio propio, porque el corazón humano se dispersa con facilidad. Necesita constancia, porque la fidelidad se prueba en el tiempo. Necesita piedad, porque todo se sostiene en la relación viva con Dios. Y culmina en el amor, que es la medida más alta de la vida cristiana.
El salmo recoge la actitud del creyente que se apoya en Dios: “Dios mío, confío en ti”. Esta confianza es el suelo de toda respuesta cristiana. Crecemos espiritualmente cuando aprendemos a confiar, cuando dejamos que Dios sea refugio en medio de la prueba, cuando ponemos en sus manos lo que somos y lo que vivimos.
El Evangelio, en cambio, nos muestra el drama de un corazón que deja de vivir desde la gratitud. Jesús cuenta la parábola de la viña. Un hombre planta una viña, la cerca, cava un lagar y construye una torre. Es una imagen preciosa del cuidado de Dios. La viña no aparece abandonada; ha sido trabajada con amor. Dios prepara, confía, entrega y espera fruto.
El problema comienza cuando los labradores se comportan como dueños absolutos. Reciben la viña, pero olvidan al propietario. Tienen en sus manos un don, y lo convierten en posesión. Ahí está una de las grandes tentaciones del corazón humano: apropiarse de lo recibido. La vida, la fe, la comunidad, la vocación, la misión, todo nos ha sido confiado. Cuando perdemos la memoria agradecida, empezamos a vivir como propietarios y dejamos de vivir como administradores.
La parábola llega a su momento más grave cuando el dueño envía a su hijo querido. Aquellos labradores lo rechazan y lo matan. Jesús está hablando de sí mismo. Él es el Hijo enviado por el Padre. En Él, Dios se acerca definitivamente a su viña. Cristo viene a recoger el fruto del amor y encuentra rechazo. Pero incluso ese rechazo quedará vencido por la fuerza de la Pascua. La piedra desechada se convierte en piedra angular.
Hoy celebramos la memoria de san Justino, filósofo y mártir. Él buscó la verdad con honestidad, recorrió caminos de pensamiento, escuchó distintas escuelas, y encontró en Cristo la plenitud de aquello que buscaba. Su vida nos recuerda que la fe no apaga la inteligencia; la ilumina. Y su martirio nos enseña que la verdad conocida en Cristo merece una fidelidad entera. Justino no guardó la fe como una
Pidamos hoy la gracia de vivir como quienes han recibido mucho de Dios. Que nuestra fe madure en obras. Que nuestra vida sea una viña fecunda. Que san Justino nos ayude a buscar la verdad con humildad, a confesar a Cristo con valentía y a permanecer fieles al amor que hemos recibido. Amén.
