Homilía — miércoles de la VII Semana de Pascua
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este miércoles nos sitúa en el corazón de una despedida llena de amor. Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso, y Jesús, en el Evangelio, ora al Padre por sus discípulos. Son palabras de testamento, nacidas de un corazón que ama hasta el extremo.
San Pablo dice: “Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes”. La Iglesia no es una propiedad humana, ni una empresa religiosa, ni un grupo organizado sólo por capacidades. Es la Iglesia de Dios, adquirida por la sangre de Cristo y custodiada por el Espíritu Santo. Por eso, todo servicio en la Iglesia debe nacer de una profunda conciencia espiritual: cuidar el rebaño es cuidar lo que pertenece a Dios.
Pero Pablo comienza diciendo: “Tened cuidado de vosotros”. Nadie puede cuidar bien a los demás si abandona su propia vida interior. El pastor, el catequista, el servidor, el cristiano comprometido, necesita vigilar su corazón: no para encerrarse en sí mismo, sino para que su servicio brote de la comunión con Cristo. Cuando el corazón se separa de la fuente, el servicio se vuelve cansancio, rutina o protagonismo. Cuando permanece unido al Señor, se convierte en caridad pastoral.
Pablo resume su vida con una enseñanza luminosa: “Hay más dicha en dar que en recibir”. Esta frase nos revela la lógica del Evangelio. La verdadera alegría no nace de acumular, poseer o ser reconocidos; nace de entregar la vida. Dios mismo es don. Cristo se nos revela como el Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo entrega por amor. Por eso, quien aprende a dar entra en la alegría misma de Dios.
En el Evangelio, Jesús ora: “Padre, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros”. La unidad de la Iglesia no es simple buena convivencia. Tiene su raíz en el misterio de Dios: la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu. Por eso, cada división hiere algo sagrado, y cada gesto de perdón, humildad y comunión hace visible el rostro de Dios.
Jesús pide también: “Guárdalos del maligno” y “santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad”. La santidad cristiana no consiste en escapar del mundo, sino en vivir en él consagrados por la verdad de Cristo. Somos enviados al mundo, pero guardados por el Padre; frágiles, pero sostenidos por la oración del Hijo; expuestos a la lucha, pero habitados por una alegría cumplida.
Queridos hermanos, pidamos hoy un corazón vigilante, una Iglesia unida y una vida capaz de dar. Que el Señor nos guarde en su nombre, nos santifique en su verdad y haga de nosotros servidores alegres de su rebaño.
Y en este mes de mayo, miremos a María. Ella fue guardiana humilde de la Palabra, madre de la unidad en el Cenáculo y mujer totalmente entregada. Que la Virgen nos enseñe a cuidar, a permanecer unidos y a encontrar la dicha verdadera en dar la vida por amor.
Amén.
