EL SEÑOR ES DIOS

Homilía. Miércoles de la X semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios continúa conduciéndonos esta semana por un camino de purificación: veíamos a Elías sostenido por Dios en la pobreza del torrente. Ayer lo contemplábamos enviado a la viuda de Sarepta, donde la confianza abrió un futuro inesperado en medio de la escasez. Hoy el itinerario da un paso más: llega la hora de reconocer al Señor como Dios verdadero.

La escena del monte Carmelo es una de las más fuertes del ciclo de Elías. El pueblo vive dividido, con el corazón oscilando entre el Señor y los ídolos. El profeta no busca un triunfo personal; desea que Israel vuelva a la verdad de la alianza. Por eso ora: “Respóndeme, Señor, para que este pueblo sepa que tú eres el Señor Dios.” El centro de la escena es la conversión del corazón.

Elías repara el altar del Señor con doce piedras, memoria de las tribus de Israel. Ese gesto tiene una gran hondura espiritual. Antes de que el fuego descienda, el altar tiene que ser reconstruido. También en nosotros hay altares interiores que necesitan ser levantados de nuevo: la oración, la confianza, la fidelidad diaria, la memoria de lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Cuando el altar del corazón se reconstruye, Dios vuelve a ocupar el centro.

El fuego que desciende del cielo revela que el Señor vive y escucha. El pueblo entonces exclama: “El Señor es Dios.” Esta confesión resume la llamada de la primera lectura. Elías nos recuerda que el creyente necesita decidir desde quién vive, a quién escucha y en quién pone su confianza.

El salmo expresa esa decisión con una oración serena: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.” Y añade: “El Señor es el lote de mi heredad.” Quien ha reconocido al Señor como Dios verdadero aprende a descansar en Él. El creyente ya no busca su seguridad en los ídolos de cada época. Cuando el Señor es nuestra heredad, la vida encuentra una alegría más profunda.

En el Evangelio, Jesús dice: “He venido a dar plenitud.” Esta palabra ilumina todo el camino. Jesús no aparece como ruptura de la historia santa, sino como su cumplimiento. En Él, la Ley y los Profetas alcanzan su sentido más hondo. La alianza que Elías defendía en el Carmelo encuentra en Cristo su plenitud. Él es el altar definitivo, la ofrenda perfecta, la presencia viva de Dios en medio de su pueblo.

Por eso Jesús añade que será grande en el Reino quien cumpla y enseñe los mandamientos. La plenitud del Evangelio se vive en una fidelidad concreta. Amar a Dios implica cuidar la vida, la verdad, la justicia, la misericordia, la palabra dada y el corazón entero. La fe se hace real cuando pasa a la conducta diaria.

Así avanza el itinerario de esta semana: la Palabra llega a Elías, la confianza sostiene en la escasez, la luz del discípulo brilla ante los hombres, y hoy se nos invita a reconstruir el altar del corazón para confesar con la vida: “El Señor es Dios.” En Cristo, esa confesión alcanza su plenitud y se convierte en seguimiento.

Pidamos hoy al Señor que reconstruya en nosotros lo que se ha debilitado. Que su fuego purifique nuestro corazón. Que aprendamos a refugiarnos en Él y a vivir con fidelidad el Evangelio. Que nuestra vida diga, con humildad y verdad: el Señor es mi Dios, mi heredad y mi alegría.

Amén.