Homilía — miércoles de la VI Semana de Pascua. Memoria de Nuestra Señora de Fátima. “El Espíritu de la verdad os guiará”
Queridos hermanos:
En este miércoles de la sexta semana de Pascua, celebramos la memoria de Nuestra Señora de Fátima, y la Palabra de Dios nos sitúa ante una verdad muy profunda: Dios no abandona a la humanidad a oscuras; la conduce pacientemente hacia la plenitud de la verdad en Cristo por la acción del Espíritu Santo.
Jesús dice en el Evangelio: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. La revelación de Dios no es una simple información religiosa que se aprende de una vez para siempre. Es un camino de comunión. Cristo es la Verdad hecha carne, y el Espíritu Santo nos introduce interiormente en esa Verdad, para que no sólo la conozcamos con la mente, sino que la acojamos con el corazón y la vivamos con toda la existencia.
Jesús conoce nuestra fragilidad. Sabe que hay verdades que sólo podemos comprender cuando el amor nos madura, cuando la cruz nos purifica, cuando la oración nos hace más dóciles. Por eso promete el Espíritu: Él es el Maestro interior, el que ilumina la conciencia, el que purifica la mirada, el que nos hace leer la historia desde Dios y descubrir que toda verdad cristiana conduce al amor, a la conversión y a la vida.
En la primera lectura, san Pablo anuncia en Atenas al Dios vivo. Habla a hombres religiosos, buscadores de sentido, pero todavía rodeados de imágenes parciales de lo divino. Y les anuncia que Dios “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Esta afirmación es de una belleza inmensa: Dios no es un objeto más dentro del mundo, ni una idea fabricada por el hombre. Dios es el fundamento de nuestro ser, el origen que nos sostiene, la presencia amorosa en la que existe toda vida.
Pero Pablo da un paso más: ese Dios cercano llama a todos a la conversión y ha dado una garantía resucitando a Jesús de entre los muertos. La resurrección es la gran luz de la historia. En Cristo resucitado se revela el destino último del hombre: no estamos hechos para la nada, sino para la vida en Dios.
A la luz de esta Palabra entendemos mejor el mensaje de Fátima. María aparece como Madre en un tiempo herido por la guerra, el pecado y el alejamiento de Dios. Su mensaje no añade nada al Evangelio, sino que nos devuelve al corazón del Evangelio: oración, conversión, penitencia, reparación, paz, confianza en Dios. María ejerce su maternidad conduciéndonos al Hijo y disponiendo nuestros corazones a la acción del Espíritu.
El Corazón Inmaculado de María es un corazón plenamente abierto a Dios, sin resistencia al Espíritu, totalmente disponible a la voluntad del Padre. Por eso María es imagen de la Iglesia y modelo del creyente. En ella vemos lo que la gracia quiere hacer en nosotros: un corazón purificado, creyente, orante, capaz de acoger a Cristo y de interceder por el mundo.
Fátima nos recuerda que la historia humana tiene una dimensión espiritual. Las guerras, las divisiones y las heridas del mundo no se curan sólo desde fuera. Necesitan corazones convertidos. La paz comienza cuando el hombre vuelve a Dios, cuando se deja reconciliar, cuando aprende a vivir desde la verdad del Evangelio.
Queridos hermanos, pidamos hoy al Espíritu Santo que nos guíe hasta la verdad plena; a María de Fátima, que nos enseñe a rezar y a ofrecernos; y a Cristo resucitado, que haga de nuestra vida un testimonio humilde de conversión, esperanza y paz.
Amén.
