Homilía — jueves de la VII Semana de Pascua.
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este jueves de la séptima semana de Pascua nos sitúa ante dos grandes certezas: la misión no termina cuando aparecen las dificultades, y la unidad de los discípulos nace del amor mismo de Dios.
En la primera lectura, Pablo está en medio de tensiones, acusaciones y conflictos. Humanamente, todo parece cerrado. La misión parece amenazada. Pero en la noche, el Señor se le aparece y le dice: “¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma”.
Esta palabra es muy fuerte. Pablo no es dueño de su camino; su vida está conducida por el Señor. Roma representa un nuevo horizonte, una misión más amplia, un testimonio que deberá llegar al corazón del Imperio. Allí donde Pablo podría ver peligro, Dios ve misión. Allí donde parece haber bloqueo, Dios abre camino. Allí donde el discípulo se siente frágil, Cristo le dice: “Ánimo”.
También nosotros necesitamos escuchar hoy esa palabra. A veces, en la vida cristiana, en la familia, en la comunidad, en la Iglesia, aparecen cansancios, incomprensiones, conflictos o noches interiores. Podemos pensar que ya no hay salida, que todo se complica, que nuestras fuerzas no bastan. Pero el Señor sigue diciendo: “Ánimo; todavía tienes que dar testimonio”. La dificultad no anula la vocación. La prueba puede convertirse en lugar de fidelidad.
El salmo pone en nuestros labios una oración de confianza: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Y añade: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. Esta es la raíz de la fortaleza de Pablo y de todo discípulo: saber que el Señor es nuestra herencia. Cuando Dios es el centro, nada queda totalmente perdido. Podemos perder seguridad, prestigio, tranquilidad o planes, pero quien tiene al Señor posee lo esencial.
En el Evangelio, Jesús continúa su oración sacerdotal y ensancha su mirada: “No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos”. Aquí estamos nosotros. Jesús ha orado por nosotros antes de que existiéramos. Nuestra fe está abrazada por la oración del Hijo al Padre. Antes de nuestra búsqueda, ya está su intercesión. Antes de nuestra respuesta, ya está su amor.
Y Jesús pide algo decisivo: “Que todos sean uno”. La unidad de la Iglesia no es una estrategia pastoral ni una simple organización eficaz. Nace del misterio más profundo de Dios: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti”. La comunión de los cristianos debe reflejar, aunque sea pobremente, la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.
Por eso la unidad no es un adorno. Es condición del testimonio: “para que el mundo crea que tú me has enviado”. Cuando los cristianos vivimos divididos, herimos la credibilidad del Evangelio. Cuando una comunidad cuida la comunión, perdona, dialoga, se sostiene y se ama, se convierte en signo visible de Dios.
Jesús termina pidiendo que el amor del Padre esté en nosotros y que Él esté en nosotros. Ésta es la cumbre de la vida cristiana: vivir habitados por el amor con que el Padre ama al Hijo. La Iglesia no se construye desde la fuerza humana, sino desde corazones habitados por ese amor.
Pidamos hoy al Señor tres gracias: valentía para dar testimonio en medio de las pruebas, confianza para refugiarnos en Dios como nuestra herencia, y amor para cuidar la unidad.
Y en este mes de mayo, miremos a María, Madre de la Iglesia. Ella permaneció unida a los discípulos en el Cenáculo, sosteniendo la espera del Espíritu. Que la Virgen nos enseñe a vivir en comunión, a perseverar en la misión y a dejarnos habitar por el amor de Cristo.
Amén.
