Jueves de la XXIII semana del Tiempo Ordinario

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»

«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian». Jesús nos coloca hoy ante una de las páginas más exigentes del Evangelio. Porque aquí el amor deja de depender de la respuesta que recibimos del otro.

Normalmente establecemos cierta reciprocidad: tratamos bien a quien nos trata bien, confiamos en quien ha demostrado ser digno de confianza, correspondemos al afecto recibido. Jesús rompe esa medida: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?» Y nos conduce hacia otra fuente del amor: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

Por tanto, la cuestión fundamental ya no es qué merece el otro, sino cómo quiero situarme yo ante él desde Dios.

Esto resulta especialmente importante cuando hemos sido heridos. Una ofensa puede permanecer durante mucho tiempo dentro de nosotros. La recordamos, volvemos sobre ella, reconstruimos mentalmente lo sucedido. Y sin darnos cuenta aquella persona continúa teniendo poder sobre nuestra vida porque sigue determinando nuestros sentimientos y nuestras reacciones.

Jesús propone una libertad diferente: «Haced el bien… bendecid… orad». Son verbos activos. Cristo nos invita a tomar la iniciativa para impedir que el mal recibido decida nuestra manera de vivir.

Amar al enemigo tampoco significa llamar bueno a lo que ha sido injusto. La verdad sigue siendo necesaria y, algunas veces, también la distancia prudente. La misericordia consiste en algo más profundo: renunciar a convertir el daño recibido en criterio para tratar al otro. Es negarnos a reproducir aquello que nos hirió.

San Pablo aplica esta misma lógica a una cuestión concreta de la comunidad de Corinto. Algunos cristianos saben que pueden comer determinadas carnes ofrecidas anteriormente a los ídolos. Tienen razón desde el punto de vista doctrinal. Sin embargo, Pablo introduce una afirmación decisiva: «El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica».

Tener razón todavía no resuelve todo.

Puedo tener derecho a hacer algo y, sin embargo, preguntarme qué consecuencias tendrá para otra persona. Puedo defender legítimamente mi libertad y descubrir que, en una situación concreta, el amor me invita a renunciar a ejercerla. Pablo llega a decir: «Si un alimento escandaliza a mi hermano, nunca comeré carne».

Aquí aparece una dimensión importante de la madurez cristiana: mi libertad incluye la capacidad de renunciar libremente a algo por el bien del otro.

El Evangelio lleva esta actitud todavía más lejos: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten». Jesús nos pide salir de nuestro propio punto de vista. ¿Cómo recibe el otro mis palabras? ¿Qué consecuencias tienen mis decisiones? ¿Estoy edificando o simplemente imponiendo aquello que considero correcto?

Y finalmente dice: «No juzguéis… no condenéis… perdonad… dad».

Hay una progresión muy hermosa. Jesús quiere liberar nuestro corazón del juicio que encierra a las personas en su pasado. Cuando condenamos interiormente a alguien, terminamos reduciéndolo a aquello que hizo: «este es así». Dios, en cambio, continúa viendo en cada persona una posibilidad de conversión.

Por eso el salmo nos hace pedir: «Guíame, Señor, por el camino eterno». Necesitamos que Dios nos guíe porque esta manera de vivir supera nuestras reacciones espontáneas.

Y Jesús termina con una imagen sorprendente: «La medida que uséis, la usarán con vosotros».

Quizá ahí tengamos hoy una buena pregunta para nuestra oración: ¿qué medida utilizo habitualmente con las personas? ¿La medida exacta de lo que me hicieron, de lo que merecen, de lo que me deben?

Cristo nos propone otra medida: la medida que Dios utiliza con nosotros.

Cuando comenzamos a comprender cuánto hemos sido perdonados, sostenidos y esperados por Dios, podemos mirar de otra manera a quienes también necesitan nuestra misericordia.

Y entonces empieza a hacerse posible aquello que parecía imposible: amar sin permitir que el comportamiento del otro decida la calidad de nuestro propio corazón.