San Pablo pronuncia hoy una frase que puede resultar inquietante: «La representación de este mundo se termina». No pretende despreciar la vida presente. Quiere enseñarnos a vivirla desde su verdadera medida. Todo cuanto ahora ocupa nuestra atención pertenece a una realidad que pasa. Y precisamente por eso necesitamos descubrir qué merece realmente que pongamos en ello el corazón.
Pablo habla del matrimonio, de las lágrimas, de las alegrías, de las posesiones y de los negocios. Son realidades verdaderas e importantes. Pero ninguna de ellas puede convertirse en absoluto. «Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen». El cristiano vive plenamente lo que Dios pone en sus manos y, al mismo tiempo, conserva una libertad interior que le permite recordar que su destino último está en Dios.
El salmo introduce entonces una palabra preciosa: «Escucha, hija, mira: inclina el oído». Para vivir así hace falta escuchar. En medio de tantas cosas que reclaman nuestra atención, necesitamos volver continuamente a preguntarnos qué permanece, hacia dónde caminamos y qué está pidiendo Dios de nosotros en este momento.
Desde esta perspectiva podemos comprender mejor las bienaventuranzas que proclama Jesús en el Evangelio.
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis».
Jesús contempla situaciones humanas que nosotros consideraríamos desgraciadas y descubre en ellas una promesa. Su mirada alcanza más lejos que el momento presente. La pobreza, el hambre, las lágrimas o el rechazo no tienen la última palabra sobre una persona. Dios está abriendo su Reino y puede transformar radicalmente aquello que ahora parece definitivo.
Después llegan los «ayes»: «Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que estáis saciados… Ay si todo el mundo habla bien de vosotros».
Jesús advierte sobre una vida que puede quedar completamente satisfecha con lo inmediato. El peligro de la riqueza está precisamente ahí: creer que poseemos suficiente, que ya estamos llenos, que podemos construir nuestra seguridad exclusivamente con aquello que controlamos.
Y esto va mucho más allá del dinero. Podemos sentirnos ricos de nuestras certezas, de nuestra posición, de nuestra experiencia, incluso de la imagen que hemos construido ante los demás. Cuando algo de esto se convierte en nuestra seguridad fundamental, terminamos protegiéndolo continuamente.
Entonces entendemos mejor a Pablo: «La representación de este mundo se termina».
Hay cosas por las que sufrimos enormemente y que dentro de unos años tendrán muy poca importancia. Hay discusiones que defendemos como decisivas y acabarán desapareciendo. Hay bienes que acumulamos y otros disfrutarán. Hay reconocimientos que hoy buscamos y mañana nadie recordará. Y también hay pequeños actos de amor, fidelidades escondidas y decisiones tomadas según el Evangelio que pueden tener un valor eterno.
La Palabra de hoy nos invita, por tanto, a reordenar nuestra escala de valores.
Las bienaventuranzas son la escala de valores de Jesús. Él llama dichoso a quien mantiene abierta su existencia a Dios; a quien atraviesa la precariedad confiando; a quien llora y sigue esperando; a quien acepta incluso el rechazo por permanecer fiel al Hijo del hombre.
Quizá por eso el salmo nos pide primero: «Escucha, mira, inclina el oído». Necesitamos escuchar mucho a Cristo para aprender a valorar las cosas como Él las valora.
Porque la cuestión decisiva no consiste simplemente en que este mundo pasa. La cuestión es qué estamos haciendo con el tiempo que se nos ha dado mientras pasa.
Hoy podemos preguntarnos ante el Señor: ¿qué cosas estoy viviendo como si fueran definitivas y qué realidades verdaderamente importantes estoy dejando en segundo plano?
«La representación de este mundo se termina». Que cuando caiga el telón de tantas cosas pasajeras, encontremos que nuestra vida ha quedado arraigada en aquello que permanece: el Reino de Dios.
