Celebrar el nacimiento de María significa contemplar cómo Dios prepara sus obras en la historia. Cuando nace aquella niña en Nazaret, aparentemente no sucede nada extraordinario. Sin embargo, Dios está comenzando a disponer el lugar humano donde su Hijo entrará en nuestra historia. María nace para una misión que todavía nadie conoce.
Miqueas lo había anunciado muchos siglos antes: «De ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel… hasta que dé a luz la que debe dar a luz». La promesa de Dios atraviesa generaciones, acontecimientos y personas hasta encontrar su cumplimiento. La historia de la salvación avanza muchas veces de manera escondida.
Por eso el Evangelio de esta fiesta comienza con una genealogía. Puede parecernos una sucesión difícil de nombres, pero Mateo quiere decir algo importante: Dios ha querido entrar en una historia humana real. En esa genealogía aparecen personas santas y pecadoras, momentos luminosos y episodios difíciles. Y por todos esos caminos Dios va conduciendo su promesa hasta llegar a María: «María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo».
Esta perspectiva puede iluminar también nuestra propia vida. Muchas veces comprendemos el sentido de los acontecimientos solamente con el paso del tiempo. Hay situaciones que en el momento parecen pequeñas, incluso desconcertantes, y después descubrimos que Dios estaba preparando algo a través de ellas. La fe consiste también en aceptar que Dios trabaja en nuestra historia con una profundidad que nosotros todavía no alcanzamos a comprender.
María misma tendrá que aprenderlo. Su vida irá descubriendo progresivamente las consecuencias de aquel «sí» pronunciado a Dios. El Evangelio de hoy lo expresa con una frase decisiva: «La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Dios toma la iniciativa y María permite que esa iniciativa encuentre espacio en su existencia.
Ahí aparece una dimensión muy profunda de la fe de María: dejar a Dios hacer.
Nosotros solemos querer entender primero, calcular posibilidades, controlar resultados y después decidir. María entra en una lógica diferente: escucha, discierne y se entrega a una voluntad cuyo alcance irá descubriendo mientras camina.
También José tendrá que hacer ese recorrido. Se encuentra ante una realidad que desborda completamente sus previsiones. Y recibe una palabra: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer». José acepta introducir en su vida aquello que viene de Dios aunque altere sus propios proyectos.
María y José nos enseñan así que la fe implica permitir que Dios tenga iniciativa sobre nuestra existencia.
Y el resultado recibe un nombre: Emmanuel, «Dios-con-nosotros».
Todo desemboca ahí. Dios quiere estar con nosotros. La historia de Abraham, David, los profetas, María y José conduce hacia esta presencia. Dios entra en nuestra humanidad y la asume desde dentro.
Por eso la Iglesia celebra con alegría el nacimiento de María. En su nacimiento comienza a despuntar la cercanía de Cristo. Todavía queda camino por recorrer, pero aquella niña lleva inscrita en su existencia una misión decisiva: dar al mundo a Jesucristo.
También nosotros podemos preguntarnos hoy qué está queriendo Dios hacer a través de nuestra vida. Quizá muchas cosas nos parezcan pequeñas y ordinarias. María nos enseña que precisamente ahí puede estar gestándose algo de Dios.
Celebrar su nacimiento es aprender de ella a vivir disponibles ante esa acción de la gracia y poder decir, incluso cuando todavía no vemos el resultado: Señor, conduce Tú mi historia y haz de ella lugar para tu presencia.
