San Pablo utiliza hoy una imagen doméstica, sencilla y muy expresiva: «Barred la levadura vieja». Una pequeña cantidad de levadura acaba fermentando toda la masa. Con esta imagen Pablo habla de algo muy serio: aquello que consentimos dentro de nosotros termina influyendo en nuestra manera de pensar, de juzgar y de vivir.
Por eso la conversión cristiana necesita llegar también a esas zonas de nuestra vida que fácilmente justificamos: resentimientos que conservamos, juicios que hemos convertido en definitivos, maneras de reaccionar que repetimos durante años, pequeñas durezas a las que terminamos acostumbrándonos. Son esa «levadura vieja» que puede permanecer escondida y, sin embargo, va fermentando nuestra relación con Dios y con los demás.
Pablo da inmediatamente la razón de esta exigencia: «Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo». Nuestra vida ha quedado introducida en la Pascua. Cristo ha abierto para nosotros una existencia nueva y, por ello, cada día estamos llamados a dejar que esa novedad alcance aspectos concretos de nuestra persona. La conversión consiste muchas veces en permitir que Cristo entre precisamente allí donde pensamos: «yo soy así», «esto ya no va a cambiar», «a estas alturas…».
El Evangelio nos muestra hoy una de esas resistencias. Jesús entra en la sinagoga y encuentra a un hombre con la mano derecha paralizada. Los escribas y fariseos también lo ven, pero están pendientes de otra cosa: «Estaban al acecho para ver si curaba en sábado».
Todos contemplan al mismo hombre. Jesús descubre una persona que necesita ser curada; ellos descubren un posible motivo para acusar.
Aquí aparece una pregunta muy seria para nuestra vida espiritual: ¿desde dónde miramos a los demás?
Podemos llegar a mirar a una persona desde lo que ya hemos decidido acerca de ella. Entonces cualquier gesto confirma nuestro juicio anterior. Poco a poco dejamos de verla como realmente es y comenzamos a verla a través de nuestros prejuicios. Esa también puede convertirse en una peligrosa «levadura vieja».
Jesús hace algo significativo: «Levántate y ponte ahí en medio». Coloca al hombre en el centro. En medio de las normas, las discusiones y las interpretaciones religiosas, Jesús vuelve a poner en el centro a la persona concreta.
Y pregunta: «¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?»
La pregunta obliga a ir al fondo. Para Jesús, cumplir la voluntad de Dios significa preguntarse qué sirve realmente a la vida. Hay una fidelidad que se comprueba en nuestra capacidad para descubrir el bien posible y realizarlo.
Entonces dice al hombre: «Extiende tu mano».
Aquella mano paralizada puede convertirse también en imagen de nuestra propia vida. Todos tenemos algo que necesita recuperar movimiento: quizá una relación detenida, una capacidad de perdonar que se ha endurecido, una iniciativa buena que seguimos aplazando, una manera de mirar que necesita ser purificada.
Jesús continúa diciendo: «Extiende tu mano». Pon delante de mí precisamente aquello que permanece paralizado. Permíteme actuar ahí.
Comenzamos esta nueva semana escuchando dos llamadas que en realidad forman una sola: «Barred la levadura vieja» y «Extiende tu mano». Dejemos que Cristo retire aquello que envejece nuestro corazón y sane aquello que todavía permanece paralizado.
Porque la vida cristiana siempre conserva abierta una posibilidad: Cristo puede hacer nuevo aquello que nosotros habíamos dado ya por definitivo.
