«Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Esta frase de Jesús puede ayudarnos a comprender toda la Palabra de este domingo. Habla de algo profundamente cristiano: la vida del otro me importa. Su bien, su camino, incluso sus equivocaciones, forman parte de mi responsabilidad como hermano.
Dios dice a Ezequiel: «A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela». El centinela mira más allá de sí mismo. Permanece atento y, cuando descubre un peligro, avisa. Esta imagen nos recuerda que la fe cristiana tiene una dimensión comunitaria. Dios nos ha confiado unos a otros.
Jesús concreta esta responsabilidad de una manera muy delicada: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo a solas entre los dos». Merece la pena detenernos en ese «a solas». Jesús protege la dignidad de quien se ha equivocado. Nos enseña a acercarnos personalmente, a hablar cara a cara, evitando convertir la debilidad ajena en comentario, crítica o conversación con terceros.
Qué diferente sería nuestra convivencia si aprendiéramos esta sencilla pedagogía del Evangelio. Cuando tenemos un problema con alguien, con frecuencia hablamos de esa persona antes de hablar con esa persona. Jesús propone el camino del encuentro.
Y señala también la finalidad: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». La corrección fraterna busca salvar, recuperar, reconstruir. Cuando una palabra nace del deseo sincero de ayudar, puede abrir caminos que parecían cerrados.
San Pablo nos ofrece el criterio que debe acompañar todo este proceso: «A nadie le debáis nada, más que amor». Y añade: «Amar es cumplir la ley entera».
El amor cristiano también sabe decir la verdad. Hay ocasiones en las que amar significa tener el valor de acercarse y decir con respeto: «Esto te está haciendo daño», «creo que deberías pensarlo», «podemos hablar de lo que ha sucedido». Para hacerlo cristianamente necesitamos limpiar primero nuestro corazón del enfado, del deseo de quedar por encima o de ajustar cuentas. Entonces la palabra puede convertirse en ayuda.
Y queda otra tarea quizá más difícil: aceptar que también nosotros necesitamos ser corregidos. El salmo nos dice hoy: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón». A veces Dios nos habla mediante una persona cercana. Una observación que nos incomoda puede contener una verdad que necesitamos escuchar. La humildad nos permite preguntarnos: ¿qué hay de verdad en lo que me están diciendo?
Una parroquia debería ser precisamente una comunidad donde podamos vivir así: personas que se sienten responsables unas de otras; capaces de cuidar la fama y la dignidad del hermano; dispuestas a perdonar y a comenzar de nuevo.
Jesús termina el Evangelio con una promesa preciosa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Cristo está en medio de nosotros y su presencia cambia nuestra manera de relacionarnos.
Por eso, cuando aparezca una dificultad con alguien, recordemos las palabras de Jesús: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Quizá esta semana podamos hacer algo muy concreto: acercarnos a alguien con quien tengamos una dificultad pendiente, hablar serenamente, escuchar también su parte y buscar juntos un camino.
Porque amar es cumplir la ley entera. Y quien ama de verdad siente que la vida de su hermano le importa.
