San Pablo pide hoy a los cristianos de Tesalónica que permanezcan firmes y no se dejen confundir por las muchas voces que circulan a su alrededor: «Conservad las tradiciones que habéis aprendido». Es una invitación al discernimiento, a volver a aquello que verdaderamente sostiene la fe.
Jesús concreta todavía más este criterio cuando reprocha a los escribas y fariseos que hayan terminado concediendo demasiada importancia a cuestiones secundarias mientras descuidan «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad». Su conocida expresión —«coláis el mosquito y os tragáis el camello»— nos advierte del peligro de perder la proporción entre las cosas.
Estas tres palabras pueden convertirse hoy en un buen examen de nuestra vida cristiana.
La justicia. Para la Biblia, ser justo significa aprender a vivir según la voluntad de Dios y reconocer la dignidad del hermano. La fe tiene consecuencias concretas en nuestra manera de tratar a las personas. Hay justicia cuando evitamos juicios precipitados, cuando respetamos la buena fama del otro, cuando cumplimos nuestras responsabilidades y cuando sabemos reconocer lo bueno que hay en los demás. También dentro de nuestras familias, comunidades y parroquias necesitamos preguntarnos alguna vez si somos verdaderamente justos unos con otros.
La misericordia. Jesús coloca aquí una de las características fundamentales del corazón de Dios. Hemos recibido misericordia y estamos llamados a convertirnos en personas misericordiosas. Esto toca especialmente nuestra manera de mirar las debilidades ajenas. Conocemos nuestras propias limitaciones y sabemos cuánto necesitamos ser comprendidos. Esa experiencia tendría que hacernos más pacientes ante las limitaciones de quienes viven junto a nosotros.
La misericordia sabe distinguir a la persona de sus errores. Permite corregir cuando sea necesario y, al mismo tiempo, mantener abierta la posibilidad de comenzar de nuevo. Hay personas que pueden llevar durante años sobre sus hombros una etiqueta que alguien les puso por un error del pasado. Dios, en cambio, continúa mirando lo que todavía puede llegar a ser cada persona.
Y Jesús añade la fidelidad. Quizá sea la palabra más silenciosa de las tres. La fidelidad se demuestra con el tiempo. Está hecha de pequeñas decisiones mantenidas día tras día: permanecer en la palabra dada, cuidar los compromisos asumidos, continuar sirviendo cuando desaparece el entusiasmo, volver a Dios después de nuestras caídas.
Nuestra relación con Dios también necesita esa fidelidad. Hay días luminosos y otros mucho más rutinarios. La oración puede resultar unas veces consoladora y otras árida. La fidelidad permite permanecer porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.
Jesús añade una precisión importante: «Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello». Los pequeños gestos, las normas y las prácticas religiosas encuentran su verdadero sentido cuando ayudan a vivir lo esencial. Una oración que nos hace más misericordiosos está dando fruto. Una Eucaristía que nos ayuda a tratar con mayor justicia al hermano está transformando nuestra vida. Una práctica religiosa mantenida con fidelidad va educando nuestro corazón.
Por eso estas tres palabras pueden acompañarnos durante el día: justicia, misericordia y fidelidad. Quizá cada uno pueda preguntarse ante el Señor cuál de ellas necesita crecer especialmente en su vida. Y pedirle sencillamente la gracia de aprender a vivirla.
