Lunes de la XX semana del T.O.

La Palabra de Dios de este lunes nos plantea una cuestión práctica y oportuna: Cuáles son los intereses y las motivaciones que ordenan y dan verdaderamente sentido a nuestra vida.

El profeta Ezequiel vive hoy una experiencia especialmente dolorosa. Dios le anuncia la muerte de su esposa, «el encanto de sus ojos», y convierte aquella pérdida en signo para Israel. El pueblo había puesto su seguridad en el templo, en aquello que consideraba intocable, mientras su corazón se había ido alejando de Dios. Ezequiel, con su propia vida, anuncia que también aquello que parece más seguro puede desaparecer.

Esta lectura puede resultarnos dura. Conviene acogerla desde el conjunto de la historia de la salvación. Dios conoce el sufrimiento humano y permanece junto a quien atraviesa la pérdida. La enseñanza del profeta nos lleva a descubrir que solo Dios puede sostener definitivamente nuestra existencia. Todo lo que amamos es un don suyo, y precisamente por eso estamos llamados a vivirlo con gratitud, sin convertirlo en absoluto.

Esta misma cuestión aparece en el Evangelio. Un joven se acerca a Jesús y pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». Es una pregunta sincera. Ha cumplido los mandamientos y desea avanzar más. Jesús lo mira y le descubre el camino que todavía queda abierto ante él: «Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, da el dinero a los pobres… y luego ven y sígueme».

La última frase contiene el centro de todo: «Ven y sígueme».

Jesús invita a aquel hombre a una relación personal con Él. El joven posee muchas cosas y, al mismo tiempo, esas cosas han terminado ocupando demasiado espacio en su corazón. Cuando Jesús le propone caminar con Él, aparece la verdadera dificultad: tiene que confiar.

También nosotros podemos cumplir, rezar, participar en la Eucaristía y procurar vivir cristianamente, mientras conservamos pequeños territorios interiores que nos cuesta entregar. Pueden ser bienes materiales, seguridades, costumbres, proyectos o nuestra propia manera de entender la vida. El Evangelio nos invita hoy a preguntarnos cuánto espacio real tiene Cristo en nuestras decisiones.

Hay una expresión especialmente triste: «Al oír esto, el joven se fue triste». Tenía muchas riquezas y, sin embargo, se marchó con tristeza. Había encontrado aquello que buscaba, había encontrado a Jesús, pero le faltó libertad para dar el paso.

La Eucaristía que celebramos nos vuelve a poner delante al mismo Cristo que dice: «Ven y sígueme». Cada día podemos responder un poco más. Seguir a Jesús significa aprender a recibir la vida como don, poner nuestros bienes al servicio del bien y confiar nuestro futuro en sus manos.

Pidámosle hoy la gracia de descubrir aquello a lo que estamos demasiado aferrados y la libertad interior necesaria para seguirle con alegría. Porque cuando Cristo ocupa el centro, todo lo demás encuentra su verdadero lugar.