Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este domingo nos habla de un Dios que ensancha la mesa, abre fronteras y escucha el clamor de quien se acerca con fe.
Isaías anuncia que también los extranjeros serán llevados al monte santo del Señor, porque su casa será casa de oración para todos los pueblos. Es una promesa inmensa: la salvación de Dios no queda encerrada en un grupo, una nación o una tradición. El amor de Dios quiere alcanzar a todos.
San Pablo lo expresa desde la misericordia: «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables.» Dios permanece fiel. Su amor no se agota en nuestros límites ni se deja encerrar por nuestras fronteras.
El Evangelio nos presenta a una mujer cananea, extranjera, que se acerca a Jesús suplicando por su hija: «Ten compasión de mí, Señor.» Es una madre herida, una mujer que no viene a reclamar privilegios, sino a pedir vida para quien ama. Los discípulos quieren apartarla, pero Jesús permite que su fe salga a la luz.
Su respuesta es humilde y llena de confianza: «También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Ella cree que una migaja de Jesús basta para salvar. Y entonces el Señor pronuncia una de las alabanzas más hermosas del Evangelio: «Mujer, qué grande es tu fe.»
Esta mujer nos enseña a rezar con perseverancia, incluso cuando parece que Dios guarda silencio. Nos enseña a acercarnos al Señor desde la necesidad, con humildad y confianza. Cuántas veces también nosotros rezamos así por un hijo, por una enfermedad, por una familia rota, por una situación que nos supera.
También nos enseña a mirar a los demás de otra manera. La fe puede aparecer donde menos lo esperamos. A veces quien parecía estar lejos tiene un corazón muy cercano a Dios. Por eso la Iglesia, y también nuestra parroquia, está llamada a ser casa abierta, mesa fraterna, lugar donde el clamor de los que sufren sea escuchado.
Hoy nos acercamos a la Eucaristía como aquella mujer: con hambre de misericordia. Y Cristo no nos da migajas; se nos da entero como Pan de vida. Pidamos un corazón más amplio, una fe más humilde y una comunidad capaz de acoger, escuchar y llevar a todos hacia la misericordia de Dios.
Amén.
