Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este miércoles nos coloca ante dos escenas que parecen distintas, pero que se iluminan mutuamente. En la primera lectura, Ezequiel contempla una visión dura: Jerusalén ha quedado marcada por la infidelidad, y la gloria del Señor se eleva del templo. En el Evangelio, Jesús habla de la corrección fraterna, de la oración común y de su presencia en medio de los discípulos reunidos en su nombre.
Ezequiel nos muestra una ciudad herida por el pecado. Pero en medio de esa situación aparece un detalle importante: son marcados en la frente aquellos que se lamentan por las acciones detestables cometidas en Jerusalén. Es decir, Dios reconoce a quienes conservan sensibilidad espiritual, a quienes sufren por el mal, a quienes no se han acostumbrado a la injusticia ni a la infidelidad. El corazón creyente no mira el pecado con indiferencia. Sabe llorar por lo que destruye la vida y sabe pedir a Dios que purifique a su pueblo.
La visión termina con la gloria del Señor alejándose del templo. Es una imagen impresionante. Cuando el pueblo se endurece, la presencia de Dios parece retirarse. Pero esta retirada no es abandono definitivo; es una llamada fuerte a despertar. Dios quiere volver a ocupar el centro de la vida de su pueblo. Quiere un templo limpio, una ciudad convertida, un corazón capaz de acoger su gloria.
El Evangelio nos ofrece el camino concreto para cuidar esa presencia de Dios en la comunidad. Jesús habla de la corrección fraterna: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.» La finalidad no es humillar, vencer ni señalar, sino ganar al hermano. La corrección cristiana nace del amor a la persona y del deseo de salvar la comunión.
Esta enseñanza es muy necesaria. A veces callamos por comodidad, hablamos por detrás, comentamos con otros lo que deberíamos hablar con quien corresponde, o confundimos la corrección con el juicio. Jesús propone otro camino: acercarse con discreción, hablar con verdad, buscar el bien del hermano, implicar a la comunidad cuando es necesario y mantener siempre el deseo de reconciliación.
La corrección fraterna pide mucha humildad. Quien corrige necesita saberse también necesitado de conversión. Quien escucha una corrección necesita acogerla como una oportunidad de crecimiento. En la Iglesia todos somos responsables unos de otros. La comunión se cuida con palabras limpias, con paciencia, con verdad y con caridad concreta.
Jesús termina con una promesa preciosa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Esta frase nos devuelve al tema de la presencia de Dios. En Ezequiel, la gloria del Señor se eleva del templo herido. En el Evangelio, Cristo promete estar en medio de una comunidad que se reúne en su nombre, que busca la verdad, que reza unida y que trabaja por la reconciliación.
Aquí está la buena noticia de hoy: la presencia de Dios se cuida viviendo como hermanos. Cada vez que buscamos la comunión, cada vez que evitamos la murmuración, cada vez que hablamos con verdad y amor, cada vez que rezamos juntos, el Señor ocupa de nuevo el centro. La Iglesia se convierte entonces en lugar donde la gloria de Dios puede habitar.
Pidamos hoy al Señor un corazón sensible ante el mal, humilde para dejarnos corregir y valiente para buscar el bien de los hermanos. Que nuestra comunidad sea un lugar donde Cristo pueda decir de verdad: “Estoy en medio de ellos”.
Amén.
