Queridos hermanos:
Celebramos hoy la fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir, uno de los santos más queridos de la Iglesia de Roma. La tradición nos lo presenta como servidor de los pobres y custodio de los bienes de la comunidad cristiana. Cuando le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia, Lorenzo señaló a los pobres, a los enfermos, a los necesitados, y dijo que ellos eran el verdadero tesoro de la Iglesia.
Esta escena, más allá de los detalles históricos, contiene una enseñanza preciosa: la Iglesia es rica cuando cuida a los pobres. La comunidad cristiana resplandece cuando sirve, cuando comparte, cuando reconoce en los pequeños el rostro de Cristo. San Lorenzo entendió que el Evangelio no se guarda en cofres, sino en vidas entregadas; que la riqueza de la Iglesia no está en acumular, sino en amar.
San Pablo nos dice hoy: «Dios ama al que da con alegría.» Esta frase nos ayuda a comprender el corazón de san Lorenzo. Dar cristianamente no consiste solo en desprenderse de algo. Dar es vivir con un corazón libre. Dar con alegría significa reconocer que todo lo recibido puede convertirse en bien para otros. El que siembra con generosidad descubre que la vida se multiplica cuando se comparte.
A veces pensamos que solo puede dar quien tiene mucho. El Evangelio nos enseña otra lógica: todos podemos sembrar. Se puede dar tiempo, escucha, paciencia, una visita, una palabra de consuelo, una ayuda concreta, una oración sincera. Se puede dar desde la abundancia y también desde la pobreza. Lo decisivo es el corazón con el que se entrega.
El salmo proclama: «Dichoso quien se apiada y presta.» La dicha bíblica está unida a la misericordia. Una vida cerrada sobre sí misma termina empobreciéndose. Una vida abierta al necesitado se ensancha por dentro. San Lorenzo fue dichoso porque entendió que servir a los pobres era tocar el misterio de Cristo.
El Evangelio nos lleva al núcleo de toda entrega: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.» Jesús está hablando de su propia Pascua. Él es el grano que cae en la tierra de nuestra historia, se entrega hasta la cruz y da fruto de vida eterna. Todo martirio cristiano nace de esta semilla primera, que es Cristo entregado por amor.
San Lorenzo siguió a Jesús por ese camino. Su martirio no fue un acto de fanatismo, sino la consecuencia de una vida orientada hacia Cristo. Había aprendido a servir, a compartir, a reconocer el tesoro de la Iglesia en los pobres. Por eso, cuando llegó la hora suprema, su vida ya estaba entregada. El fuego del martirio manifestó exteriormente lo que ardía dentro: una caridad más fuerte que el miedo.
Jesús añade: «A quien me sirva, el Padre lo honrará.» Servir a Cristo significa caminar donde Él camina. Y Cristo camina hacia los pobres, hacia los que sufren, hacia los que viven descartados, hacia los que necesitan dignidad y esperanza. Cada vez que la Iglesia sirve a los pobres, está donde está su Señor.
Esta fiesta nos invita a preguntarnos por nuestros propios tesoros. ¿Dónde tenemos puesto el corazón? ¿Qué consideramos verdaderamente valioso? San Lorenzo nos recuerda que una parroquia, una familia, una comunidad cristiana, se vuelve evangélica cuando descubre que el pobre no es un problema añadido, sino un lugar privilegiado de encuentro con Cristo.
Pidamos hoy al Señor la alegría de dar, la libertad de compartir y la valentía de servir. Que san Lorenzo interceda por nosotros para que nuestra fe se haga caridad concreta, nuestra Eucaristía se prolongue en atención a los necesitados y nuestra vida, como grano sembrado, pueda dar fruto para el Reino.
