Martes de la XVII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos invita a mirar la realidad con verdad y a ponerla delante del Señor. Jeremías contempla a su pueblo herido y eleva una oración llena de dolor: «Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan.» El profeta ve la sequía, la miseria, la confusión y el pecado del pueblo. Su oración nace desde una tierra reseca y desde un corazón que sufre por la infidelidad de Israel.

Jeremías nos enseña algo muy importante: la fe también sabe llorar. Hay lágrimas que son oración. Hay momentos en los que el creyente no encuentra grandes palabras, pero puede presentarse ante Dios con la verdad desnuda de su vida. El profeta no maquilla la situación, no busca excusas, no se queda en la queja vacía. Reconoce la herida y la transforma en súplica: «Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros.»

Esta oración es muy hermosa, porque se apoya en la alianza. Jeremías sabe que el pueblo ha fallado, pero también sabe que Dios es fiel. Por eso pide que el Señor recuerde. Recordar, en la Biblia, no es solo traer algo a la memoria; es volver a actuar con amor, renovar la fidelidad, abrir un camino de salvación. Cuando nosotros rezamos desde nuestras pobrezas, también podemos decir: Señor, recuerda tu amor, recuerda tu misericordia, recuerda que somos tuyos.

El salmo responde en la misma línea: «Por el honor de tu nombre, líbranos, Señor.» La salvación no nace de nuestros méritos, sino del nombre de Dios, de su bondad, de su misericordia, de su deseo de vida para su pueblo. Esta es una fuente de esperanza: incluso cuando descubrimos nuestra fragilidad, podemos volver al Señor con confianza.

En el Evangelio, Jesús explica la parábola de la cizaña. El campo es el mundo. La buena semilla son los hijos del Reino. La cizaña representa todo aquello que se opone al designio de Dios. Jesús habla con realismo: en la historia crecen juntos el trigo y la cizaña. También en el corazón de cada uno hay deseos buenos y resistencias, luz y sombras, generosidad y egoísmo, fidelidad y cansancio.

Esta parábola nos ayuda a vivir con lucidez y esperanza. Lucidez, porque el mal existe, daña y confunde. Esperanza, porque Dios ha sembrado buena semilla y sabe llevar la historia hacia su plenitud. El creyente no vive ingenuamente, pero tampoco desespera. Sabe que el Señor conoce el campo, distingue lo que crece en él y guarda para el final el juicio verdadero.

El final del Evangelio abre una promesa luminosa: «Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.» Esta frase sostiene nuestra perseverancia. El bien sembrado por Dios no queda perdido. Una vida fiel, una palabra limpia, un perdón ofrecido, una oración escondida, una paciencia mantenida, todo eso tiene valor de eternidad. Dios hará resplandecer lo que ahora muchas veces parece pequeño, oculto o mezclado entre dificultades.

Hoy podemos unir la oración de Jeremías y la enseñanza de Jesús. Presentemos al Señor nuestras lágrimas, nuestras heridas y las heridas del mundo. Pidamos un corazón sincero para reconocer lo que necesita conversión y un corazón paciente para seguir sembrando trigo bueno.

Que esta Eucaristía nos ayude a confiar en la alianza de Dios, a vivir como hijos del Reino y a creer que, en medio del campo de la historia, la semilla buena del Evangelio sigue creciendo hasta la luz definitiva del Reino.

Amén.