Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este lunes nos coloca ante una pregunta limpia y directa: ¿qué espera Dios de nosotros? A veces complicamos la fe con muchas vueltas, con miedos, con cálculos, con la necesidad de tener siempre señales nuevas. El profeta Miqueas, en cambio, nos lleva a lo esencial.
La primera lectura tiene forma de juicio. Dios llama a declarar a los montes y a las colinas, como testigos antiguos de la historia de Israel. Y sorprende el tono del Señor: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme.» Dios no comienza enumerando culpas. Recuerda su historia de amor: sacó a Israel de Egipto, lo rescató de la esclavitud, lo condujo por el camino, le dio guías y profetas. Antes de pedir una respuesta, Dios recuerda lo que Él ha hecho.
Esta memoria es importante. La conversión nace muchas veces al recordar. Cuando olvidamos lo que Dios ha hecho por nosotros, la fe se enfría, la oración se vuelve rutina y la vida empieza a girar demasiado alrededor de uno mismo. Recordar nos devuelve gratitud. Recordar nos coloca otra vez ante el Dios que ha sostenido nuestros pasos, incluso en días difíciles.
El pueblo pregunta entonces qué puede ofrecer al Señor: holocaustos, sacrificios, ofrendas abundantes. Miqueas responde con una de las frases más hermosas del Antiguo Testamento: «Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios.»
Ahí está el corazón de la vida creyente. Practicar la justicia: vivir con rectitud, cuidar al débil, respetar al otro, hacer el bien concreto. Amar la misericordia: tener un corazón capaz de compasión, perdón y cercanía. Caminar humildemente con Dios: vivir cada día de su mano, reconociendo que todo es gracia y que necesitamos ser guiados.
El salmo lo resume con otra expresión clara: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.» La fe se ve en el camino. Se nota en la manera de tratar, de decidir, de hablar, de acompañar y de servir.
En el Evangelio, algunos piden a Jesús una señal. Han visto su palabra, sus curaciones, su cercanía, su autoridad, y todavía reclaman una prueba nueva. Jesús les recuerda a Jonás y a la reina del Sur. Los ninivitas cambiaron de vida al escuchar la predicación de Jonás; la reina del Sur viajó desde lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. Y delante de aquellos hombres está Cristo, mayor que Jonás y mayor que Salomón.
También nosotros podemos caer en esa búsqueda constante de señales mientras la llamada de Dios ya está delante. A veces esperamos algo extraordinario y descuidamos lo que el Evangelio nos pide hoy: ser justos, vivir con misericordia, caminar humildemente con Dios.
La señal verdadera es Cristo mismo, entregado y resucitado. En Él Dios nos ha dicho todo. En Él vemos hasta dónde llega su amor y hacia dónde debe orientarse nuestra vida.
Pidamos al Señor una fe menos dispersa y más esencial. Que recordemos sus obras con gratitud, que practiquemos la justicia en lo cotidiano, que amemos la misericordia con obras concretas y que caminemos humildemente con Él cada día.
Amén.
