Miércoles de la XIII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a examinar la autenticidad de nuestra fe. El profeta Amós reclama una vida sostenida por la justicia, y Jesús libera a dos hombres sometidos por el mal. Ambas escenas muestran que la presencia de Dios transforma la existencia y devuelve a cada persona su verdadera dignidad.

Amós se dirige a un pueblo que celebraba sus fiestas religiosas, ofrecía sacrificios y mantenía externamente el culto. Sin embargo, la convivencia estaba marcada por la injusticia. La oración y la vida habían tomado caminos distintos. Por eso el profeta transmite una palabra muy exigente: «Buscad el bien y viviréis». Dios desea una fe que penetre en las decisiones, en las relaciones y en la forma de tratar a los más débiles.

La expresión «que fluya la justicia como un arroyo perenne» contiene una imagen llena de fuerza. La justicia ha de circular por la vida del creyente como el agua que fecunda la tierra. La relación con Dios alcanza su madurez cuando genera honestidad, respeto y cuidado por los demás. El culto verdadero prepara el corazón para amar y convierte la vida cotidiana en una ofrenda agradable al Señor.

El salmo recoge esta llamada cuando Dios pregunta al pueblo por qué recita sus preceptos mientras sus palabras quedan lejos de su conducta. La fe necesita unidad interior. Lo que proclamamos con los labios está llamado a tomar forma en nuestras obras.

El Evangelio nos muestra a Jesús entrando en territorio pagano. Allí encuentra a dos hombres dominados por fuerzas que los han apartado de la convivencia y los mantienen encerrados en la violencia. La llegada de Cristo cambia su historia. Su presencia desenmascara el mal y su palabra devuelve la libertad.

Jesús manifiesta así que el Reino de Dios comienza restaurando a las personas. Aquellos hombres recuperan su dignidad y pueden volver a vivir. Sin embargo, los habitantes de la región reaccionan con temor y piden a Jesús que se marche. La pérdida de la piara pesa más para ellos que la liberación de dos seres humanos. Sus intereses les impiden reconocer la gracia que acaba de visitar su tierra.

Esta escena ilumina también nuestra vida. La presencia de Cristo puede pedirnos revisar prioridades, abandonar costumbres o cambiar nuestra forma de relacionarnos. Acogerlo significa permitir que su Evangelio ordene el corazón y coloque a la persona por encima de cualquier interés.

Las lecturas de hoy convergen en una misma llamada: buscar el bien, dejar que la justicia fecunde nuestra conducta y acoger la libertad que Cristo ofrece. Una fe auténtica se reconoce en la vida que renueva y en el respeto que concede a cada ser humano.

En esta Eucaristía, el Señor vuelve a entrar en nuestro territorio interior. Presentémosle aquello que necesita ser liberado y pidámosle un corazón dispuesto a vivir según su justicia. Que María nos enseñe a recibir a Cristo y a dejar que su presencia haga de nuestra vida un signo de esperanza para los demás.

Amén.