Jueves de la XIII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a reconocer la autoridad que procede del Señor. Amós habla porque ha sido llamado, y Jesús perdona porque en Él actúa plenamente el poder salvador de Dios. En ambos casos, la autoridad divina entra en la historia para despertar la conciencia y devolver al ser humano la posibilidad de caminar.

Amós anuncia su mensaje en Betel, un lugar de culto ligado al poder del reino. Su palabra incomoda porque denuncia una religiosidad acomodada y una vida alejada de la justicia. Amasías, sacerdote del santuario, le ordena que se marche y busque otro lugar donde ganarse el pan. El profeta responde con gran sencillez: era pastor y cultivador de sicomoros cuando el Señor lo tomó de detrás del rebaño y le dijo: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel».

La fuerza de Amós nace de esta llamada. Dios ha entrado en su vida y le ha confiado una palabra para el pueblo. El profeta permanece fiel, aun cuando su misión provoca rechazo. Su testimonio nos recuerda que la vocación se sostiene en la certeza de haber sido llamados y enviados. Quien escucha de verdad la Palabra aprende a servirla con humildad y valentía.

El salmo expresa la belleza de esa Palabra: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma». La voz de Dios ilumina, orienta y devuelve verdad al corazón. Amós la proclama ante una sociedad que necesita conversión. En el Evangelio, esa misma Palabra aparece encarnada en Jesús y actúa con poder sobre la vida de un paralítico.

Unos hombres llevan al enfermo hasta el Señor. Jesús contempla la fe de quienes lo acompañan y le dice: «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados». Antes de ordenar a sus piernas que caminen, alcanza la zona más profunda de su existencia. Lo llama «hijo» y lo devuelve a la comunión con Dios.

El perdón es una verdadera recreación. Libera al corazón del peso que lo mantiene postrado y abre un futuro. Jesús posee autoridad para perdonar porque en Él Dios se acerca al pecador y lo levanta. La curación visible confirma esta gracia interior: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Aquel hombre vuelve caminando al lugar de su vida cotidiana. Lleva consigo la camilla que antes lo sostenía; ahora se ha convertido en testimonio de su restauración.

También nosotros conocemos parálisis interiores. El resentimiento detiene el amor, la culpa oscurece la esperanza y el miedo dificulta los pasos. Cristo se acerca hoy con la misma palabra: «Ánimo». Su misericordia nos devuelve la dignidad de hijos y nos invita a levantarnos.

La Eucaristía es encuentro con este Señor. Él nos llama, nos perdona y nos pone de nuevo en camino. Que sepamos acoger su Palabra con la disponibilidad de Amós y recibir su misericordia con la confianza del paralítico. Así nuestra vida podrá avanzar con la libertad de quien ha sido alcanzado por la gracia.

Amén.