UN PASO MÁS

Homilía. Martes de la XI semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios continúa hoy el itinerario iniciado ayer. Veíamos cómo el deseo desordenado de Ajab terminó convirtiéndose en injusticia contra Nabot. El rey tomó posesión de una viña que no le pertenecía, y la muerte del inocente quedó unida a su ambición. Hoy el profeta Elías entra de nuevo en escena para pronunciar una palabra de verdad: “Has hecho pecar a Israel.”

Dios no permanece indiferente ante el abuso. La muerte de Nabot revela hasta dónde puede llegar un corazón que se deja dominar por la codicia y por el poder. La palabra profética desenmascara lo ocurrido y obliga a Ajab a mirar de frente su responsabilidad. El pecado nunca queda reducido al ámbito privado. Las decisiones de quien tiene autoridad pueden herir a otros, deformar la convivencia y abrir caminos de injusticia.

Sin embargo, el relato da un giro sorprendente. Ajab escucha la palabra, rasga sus vestiduras, ayuna y camina humillado. Dios reconoce ese gesto. El rey no puede devolver la vida a Nabot ni borrar las consecuencias de sus actos, pero su corazón empieza a cambiar. La misericordia encuentra una puerta abierta allí donde aparece la humildad.

El salmo nos ayuda a entrar en esta actitud: “Misericordia, Señor, hemos pecado.” Esta oración nace de quien reconoce su verdad ante Dios. El arrepentimiento cristiano no consiste en quedar encerrados en la culpa, sino en permitir que la verdad nos conduzca hacia la conversión. Dios acoge al corazón contrito y le ofrece la posibilidad de comenzar de nuevo.

El Evangelio lleva esta enseñanza a una profundidad todavía mayor. Jesús dice: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.” Ayer pedía romper la cadena de la violencia. Hoy nos invita a dar un paso más: responder al mal con una caridad que nace del corazón del Padre.

Jesús contempla el modo de actuar de Dios: hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. El amor del Padre no depende del mérito de quien lo recibe. Su bondad precede, sostiene y ofrece siempre una posibilidad de vida. El discípulo está llamado a entrar en ese modo de amar.

Amar al enemigo significa desear que la gracia alcance también a quien nos ha herido. Significa negarse a vivir alimentando el rencor. Significa conservar la dignidad del otro y pedir a Dios que transforme su corazón. Este amor exige verdad, justicia y oración. Elías denuncia el pecado de Ajab, y Dios acoge su humillación. La caridad evangélica une ambas cosas: la claridad que llama a la conversión y la misericordia que deja abierta la puerta del retorno.

Así avanza el itinerario de estos días. Ayer contemplábamos el daño causado por un deseo sin medida. Hoy descubrimos que la verdad puede despertar el arrepentimiento y que la misericordia puede abrir un futuro nuevo. Jesús nos llama a participar de la perfección del Padre, aprendiendo a amar con un corazón libre del odio.

Pidamos al Señor la humildad para reconocer nuestras faltas, la valentía para acoger la verdad y la gracia de rezar por quienes nos han hecho daño. Que su misericordia renueve nuestro corazón y nos enseñe a amar como hijos suyos.

Amén.