CAMINOS DE PAZ

Homilía. Jueves de la X semana del Tiempo Ordinario. Memoria de san Bernabé, apóstol

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios continúa el itinerario que venimos recorriendo esta semana. Ayer, en el monte Carmelo, el pueblo confesaba: “El Señor es Dios”, después de ver el fuego descender sobre el altar reconstruido. Hoy, después del fuego, llega la lluvia. Después de la conversión, la tierra vuelve a recibir fecundidad.

Elías dice a Ajab que suba a comer y beber porque se oye el rumor de la lluvia. Aún no se ve nada, pero el profeta ya escucha lo que Dios va a hacer. Esta actitud es profundamente espiritual. El profeta aprende a percibir los signos de Dios antes de que sean evidentes para todos. Sube al monte, se inclina hasta la tierra y ora. Elías espera con perseverancia. Envía a su criado una y otra vez a mirar hacia el mar. Durante varias veces no aparece nada. Pero él permanece en oración.

Finalmente, una nubecilla pequeña sube del mar. Es casi nada, apenas un signo humilde, pero basta para el profeta. El cielo se oscurece y cae la lluvia. La tierra reseca vuelve a ser visitada por la bendición de Dios. Esta escena nos enseña que la oración perseverante prepara el corazón para reconocer los comienzos pequeños de la gracia. Dios puede iniciar grandes renovaciones con una señal discreta.

El salmo canta esa fecundidad: “Oh Dios, tú mereces un himno en Sión.” Dios visita la tierra, la riega y la colma de riqueza. La lluvia se convierte en imagen de la misericordia que devuelve vida. También nuestras vidas conocen sequías: momentos de cansancio, tensión, esterilidad espiritual o dureza interior. La Palabra de hoy nos invita a permanecer ante Dios hasta que su gracia vuelva a empapar la tierra del corazón.

El Evangelio de Mateo nos introduce en una dimensión más profunda de esa fecundidad. Jesús dice a sus discípulos: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.” Y enseguida lleva el mandamiento a la raíz del corazón: la cólera, la palabra hiriente, el desprecio al hermano. Jesús no se queda en la conducta exterior; entra en el lugar donde nace la ruptura. La justicia del Reino comienza cuando el corazón se deja reconciliar.

Por eso el Señor pide ir primero a reconciliarnos con el hermano y después presentar la ofrenda. La relación con Dios y la relación con los demás se iluminan mutuamente. La oración verdadera abre caminos de paz. El altar reconstruido del corazón necesita también vínculos reconstruidos. La lluvia que Dios derrama sobre la tierra quiere alcanzar nuestras palabras, nuestras reacciones, nuestras heridas y nuestra forma de tratar a los demás.

Hoy celebramos la memoria de san Bernabé, llamado en los Hechos de los Apóstoles “hijo de la consolación”. Fue un hombre capaz de acoger, animar y abrir caminos. Supo reconocer la gracia de Dios en Pablo cuando otros desconfiaban. Supo acompañar los comienzos de la misión y poner su vida al servicio del Evangelio. Su figura encaja muy bien con la Palabra de hoy: una vida reconciliada se convierte en lluvia buena para los demás.

Pidamos al Señor, por intercesión de san Bernabé, una oración perseverante como la de Elías y un corazón pacificado como el que pide Jesús. Que sepamos reconocer la pequeña nube de la gracia cuando aparece en nuestra vida. Que la lluvia de Dios fecunde nuestra tierra interior y nos haga personas de consuelo, reconciliación y paz.

Amén.