Homilía. Lunes de la X semana del Tiempo Ordinario. Año par
Queridos hermanos:
Comenzamos hoy un nuevo itinerario espiritual en la liturgia diaria. Durante estos días, la primera lectura nos introducirá en el libro de los Reyes, y el Evangelio nos llevará al corazón del mensaje de Jesús en san Mateo. Dos caminos bíblicos que se encuentran y se iluminan mutuamente.
El libro de los Reyes contempla la historia de Israel desde una pregunta decisiva: ¿dónde está el corazón del pueblo? Israel tiene reyes, instituciones, templo, profetas, alianzas políticas, conflictos y momentos de esplendor. Pero la cuestión de fondo es siempre la misma: fidelidad o abandono del Señor. La historia se lee desde la Alianza. Cuando el pueblo escucha a Dios, encuentra vida; cuando se deja seducir por los ídolos, se desorienta y se empobrece por dentro.
En ese contexto aparece Elías. Su figura surge en un tiempo de confusión religiosa y de idolatría. El profeta no llega para ocupar el centro, sino para devolver el centro a Dios. Es el hombre tomado por la Palabra. La lectura comienza con una expresión sencilla y fuerte: “La palabra del Señor llegó a Elías.” Ahí nace toda vocación profética. Antes de hablar al pueblo, el profeta escucha. Antes de denunciar, permanece ante Dios. Antes de actuar, recibe una palabra que no procede de sus cálculos.
Elías anuncia la sequía y después recibe una orden inesperada: retirarse al torrente Querit. Allí beberá del torrente y será alimentado por los cuervos. La escena es sobria y profundamente espiritual. Dios cuida a su profeta en un lugar pobre, escondido, frágil. Elías aprende que la misión nace de la obediencia y se sostiene en la providencia. Quien vive de la Palabra descubre que Dios puede alimentar incluso en el desierto.
El salmo nos ayuda a rezar esta confianza: “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.” El creyente levanta los ojos y reconoce que su ayuda viene de Dios. El Señor guarda los pasos, acompaña la salida y el regreso, vela sobre la vida entera. Esta confianza será necesaria para comprender el Evangelio de hoy.
San Mateo nos presenta a Jesús subiendo al monte y proclamando las Bienaventuranzas. Mateo escribe para mostrar que en Jesús se cumple la historia de Israel. Cristo es el nuevo Moisés, que sube al monte y entrega la ley nueva del Reino. Pero esta ley no queda grabada en piedra; queda sembrada en el corazón. Las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús y el camino del discípulo.
“Bienaventurados los pobres en el espíritu.” Jesús comienza por la pobreza interior, por el corazón libre, por quien sabe recibirlo todo de Dios. Esa pobreza enlaza con Elías junto al torrente: el profeta no vive de seguridades humanas, sino de la fidelidad del Señor. La verdadera dicha nace cuando el corazón deja espacio a Dios.
Las Bienaventuranzas nos muestran una felicidad distinta de la que solemos buscar. Jesús llama dichosos a los mansos, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por causa de la justicia. Esta palabra abre un horizonte nuevo. La felicidad del Reino no depende de poseer mucho, imponerse o vivir sin heridas. Brota de un corazón configurado con Cristo.
Aquí se unen las dos lecturas. Elías nos enseña la fidelidad profética en medio de una historia marcada por los ídolos. Jesús nos revela el camino interior de quienes pertenecen al Reino. El profeta escucha la Palabra y vive de la providencia. El discípulo escucha a Cristo y aprende la lógica de las Bienaventuranzas. Ambos caminos piden confianza, pobreza de espíritu y disponibilidad.
También nosotros comenzamos esta semana llamados a revisar dónde está nuestro corazón. Qué voces escuchamos. Qué seguridades nos sostienen. Qué ídolos nos seducen. Qué bienaventuranza necesitamos vivir con más verdad. La Palabra nos invita a salir de una fe instalada y a entrar en un camino más evangélico.
Pidamos al Señor que su Palabra llegue también hoy a nosotros, como llegó a Elías. Que sepamos confiar en su providencia. Que el Evangelio de las Bienaventuranzas forme nuestro corazón. Y que esta semana nos ayude a vivir con más hondura la alegría humilde de los que ponen su auxilio en el Señor.
Amén.
