MADRE

Homilía: Santa María, Madre de la Iglesia

En los últimos compases de mayo, cuando el aroma de las flores ofrecidas a la Virgen todavía parece quedar en nuestras iglesias y en nuestra memoria, la liturgia nos pone ante María con un título inmenso y cercano: Madre de la Iglesia. Ha terminado la Pascua, hemos celebrado Pentecostés, y ahora comenzamos a caminar por el tiempo ordinario. Pero la Iglesia nos recuerda algo esencial: no entramos solos en ese camino. Caminamos con una Madre.

La primera lectura nos lleva al jardín herido del Génesis. Dios pregunta: “¿Dónde estás?”. No lo pregunta porque no sepa dónde se esconde Adán, sino porque el hombre, cuando peca, se pierde a sí mismo. “Me dio miedo porque estaba desnudo”, dice Adán. El pecado desnuda, acusa, divide, hace que el hombre se esconda de Dios, de los demás y de su propia verdad. Y, sin embargo, allí mismo, en medio de la vergüenza, Dios anuncia una esperanza: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer”. Desde el principio, junto a la caída aparece una mujer vinculada a la victoria. La tradición cristiana ha visto en esa mujer el resplandor anticipado de María, la nueva Eva, la mujer que no huye de Dios, sino que se abre totalmente a Él.

El Evangelio nos sitúa en otro jardín, no el del Edén, sino el Calvario. Allí está Cristo, el nuevo Adán, desnudo en la cruz, cargando sobre sí nuestra vergüenza. Y allí está María. No habla, pero permanece. No entiende todo, pero no abandona. No puede quitar el dolor de su Hijo, pero lo acompaña hasta el extremo. Y Jesús, en sus últimas palabras, nos la entrega: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre”.

En Juan estamos todos. La Iglesia nace del costado abierto de Cristo, del agua y la sangre, de los sacramentos, de la entrega total del Señor. Pero nace con una Madre al lado. María no sustituye a Cristo; nos conduce a Él. No ocupa el centro; nos enseña a permanecer junto al centro, que es la cruz gloriosa del Señor. Su maternidad no es sentimentalismo piadoso, sino realidad teológica: porque es Madre de Cristo, Cabeza del Cuerpo, es también Madre de sus miembros, Madre de la Iglesia.

Al comenzar el tiempo ordinario, María nos enseña lo extraordinario de la fidelidad cotidiana. Nos enseña a no escondernos cuando Dios pregunta “¿Dónde estás?”. Nos enseña a estar de pie cuando llega la cruz. Nos enseña a acoger a los otros como hijos y hermanos. Y nos recuerda que la Iglesia no es una organización fría, sino una casa con Madre.

Que María, Madre de la Iglesia, nos tome de la mano. Que nos enseñe a vivir sin miedo, a permanecer con fe y a hacer de nuestra vida un hogar donde Cristo pueda seguir naciendo.