Homilía — lunes de la VII Semana de Pascua. “Tened valor: yo he vencido al mundo”
Queridos hermanos:
Entramos en la última semana de Pascua antes de Pentecostés. La Iglesia nos invita a preparar el corazón para acoger de nuevo el don del Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios de hoy nos pone delante una pregunta decisiva: “¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?”
San Pablo llega a Éfeso y encuentra a unos discípulos. Creen, buscan, están en camino, pero todavía les falta algo esencial. Ellos responden con sinceridad: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. Tienen una fe iniciada, pero todavía incompleta; han recibido una preparación, pero necesitan entrar plenamente en la vida nueva de Cristo.
Esta escena nos puede tocar también a nosotros. Podemos haber recibido los sacramentos, conocer oraciones, participar en la vida de la Iglesia y, sin embargo, vivir a veces como si no hubiéramos descubierto del todo la fuerza del Espíritu Santo. Podemos creer en Dios y seguir viviendo con miedo, con desánimo, con rutina, con poca confianza, con una fe correcta pero poco encendida.
Por eso hoy la pregunta de Pablo resuena en nuestro corazón: ¿he dejado que el Espíritu Santo transforme de verdad mi vida? ¿Vivo mi fe como una costumbre o como una presencia viva que me sostiene, me ilumina y me envía?
El Espíritu Santo no es una idea piadosa ni un adorno de la vida cristiana. Es el don pascual por excelencia. Es el Amor de Dios derramado en nuestros corazones. Es quien nos hace reconocer a Jesús como Señor. Es quien nos da fuerza para orar, para perdonar, para servir, para resistir en la prueba, para anunciar el Evangelio, para vivir con alegría aun en medio de las dificultades.
Aquellos discípulos son bautizados “en el nombre del Señor Jesús”, y al imponerles Pablo las manos, reciben el Espíritu Santo. La fe cristiana no queda completa hasta que nos introduce en una comunión viva con Cristo muerto y resucitado, y hasta que el Espíritu despierta en nosotros una vida nueva. No se trata sólo de saber cosas de Jesús; se trata de vivir en Jesús, con su Espíritu, con su fuerza, con su misma vida.
El salmo nos invita a cantar: “Reyes de la tierra, cantad a Dios”. La presencia del Espíritu abre la vida a la alabanza. Dios se levanta, dispersa las sombras, sostiene a los débiles, da hogar a los desvalidos, hace caminar a su pueblo. La Pascua es precisamente esto: Dios se ha levantado en Cristo resucitado, y ahora su Espíritu quiere levantar también nuestros corazones.
Y en el Evangelio, Jesús nos habla con una mezcla de realismo y consuelo. Los discípulos creen haber comprendido por fin, pero Jesús les anuncia que llegará la dispersión: “Me dejaréis solo”. Qué bien conoce el Señor nuestra fragilidad. Sabe que prometemos mucho y luego nos cansamos; que creemos estar firmes y luego el miedo nos dispersa; que decimos confiar y luego las pruebas nos descolocan.
Pero Jesús añade: “Aunque me dejéis solo, no estoy solo, porque está conmigo el Padre”. Ahí está el secreto de su fortaleza: la comunión con el Padre. Y desde esa comunión nos deja una palabra inmensa: “Tened valor: yo he vencido al mundo”.
No dice: “No tendréis dificultades”. Al contrario: “En el mundo tendréis luchas”. Jesús no nos engaña. La vida cristiana no nos libra mágicamente de los problemas, de las heridas, de los cansancios, de las incomprensiones o de las cruces. Pero nos da una certeza más fuerte que todo eso: Cristo ha vencido.
Ha vencido al pecado con su misericordia. Ha vencido al miedo con su entrega. Ha vencido a la muerte con su resurrección. Ha vencido al mundo, no destruyéndolo, sino abriendo en él un camino de vida nueva.
Queridos hermanos, al acercarnos a Pentecostés, pidamos con humildad: Ven, Espíritu Santo. Ven a nuestra fe cansada. Ven a nuestras dudas. Ven a nuestras familias. Ven a nuestras heridas. Ven a nuestra parroquia. Ven a nuestra Iglesia. Ven a todo aquello que necesita ser renovado por dentro.
Que esta Eucaristía despierte en nosotros el deseo del Espíritu. Y que, sostenidos por Cristo resucitado, podamos vivir cada día con la fuerza de su palabra: “Tened valor: yo he vencido al mundo”.
Amén.
