LUNES DE LA 3º SEMANA DEL PASCUA
Hay una pregunta que atraviesa toda vida, aunque no siempre se formule explícitamente: ¿qué estoy buscando realmente?
En la superficie, la respuesta parece clara: estabilidad, bienestar, soluciones, algo de paz. Son búsquedas legítimas, necesarias incluso. Pero, si se mira con más profundidad, aparece otra capa. Muchas veces no buscamos tanto lo que creemos, sino lo que necesitamos en ese momento. Y eso condiciona nuestra manera de relacionarnos con la realidad, con los demás e incluso con Dios.
El Evangelio introduce una distinción sutil pero decisiva: se puede buscar… y, sin embargo, no haber llegado todavía al núcleo de la búsqueda. Se puede acercar uno a lo espiritual movido por la necesidad, por el vacío o por la costumbre, sin haber dado aún el paso hacia una relación más profunda.
Ese paso consiste en un desplazamiento interior: dejar de centrarse en lo que uno espera recibir para empezar a abrirse a una presencia. No es un cambio inmediato ni evidente. Es más bien un proceso en el que la vida deja de girar exclusivamente en torno a las propias carencias y comienza a apoyarse en algo más estable.
Aquí aparece una intuición importante: cuando la vida se organiza únicamente desde la necesidad, tiende a cerrarse. Todo se vuelve urgente, funcional, condicionado. En cambio, cuando se abre a una referencia más profunda, empieza a ensancharse. No porque desaparezcan las dificultades, sino porque el centro cambia de lugar.
La figura de Esteban expresa bien esta transformación. No vive desde la búsqueda de sí mismo. Hay en él una cierta transparencia, una coherencia que no necesita imponerse. Su fuerza no está en el control, sino en la claridad interior. Es alguien que ha dejado de girar sobre sí mismo.
Tal vez ahí se encuentra una clave para la vida: no tanto en dejar de buscar, sino en aprender a purificar lo que se busca. Pasar de una búsqueda centrada en lo inmediato a una apertura que permita acoger algo más grande.
Eso no elimina la necesidad ni el deseo. Los integra en un horizonte más amplio. Y, poco a poco, la vida adquiere otra consistencia. Menos dependiente de lo que cambia, más apoyada en lo que permanece.
Quizá la pregunta que queda no sea si buscamos, sino: ¿hasta dónde estamos dispuestos a dejar que nuestra búsqueda nos transforme?
