SE TURBÓ EN EL ESPÍRITU

MARTES SANTO

En este Martes Santo la liturgia nos lleva a un lugar muy delicado del corazón de Jesús. Ya no estamos en la entrada triunfal de Jerusalén ni en la intimidad serena de Betania, sino en la víspera oscura de la traición. El Evangelio nos muestra a Jesús profundamente conmovido. San Juan lo dice con una expresión muy fuerte: “Jesús se turbó en su espíritu”. Es una frase breve, pero inmensa. Nos revela que Cristo no atraviesa la Pasión como alguien frío, distante o insensible. Jesús no representa el dolor: lo padece. No finge la herida: la siente. No pasa por la traición como si no le afectara: le duele de verdad.

Y eso ya es para nosotros una luz muy grande. Porque a veces podemos imaginar a Jesús como alguien tan por encima de lo humano que casi no toca nuestras angustias. Pero el Evangelio de hoy nos lo muestra conmovido, herido interiormente, atravesado por la cercanía de la infidelidad. Cristo conoce el dolor de ser abandonado, de ser negado, de ser traicionado por los suyos. Conoce ese sufrimiento silencioso que deja dentro una herida más honda que muchos golpes exteriores. Por eso, cuando nosotros experimentamos decepción, soledad, ingratitud o desengaño, no estamos hablando de algo ajeno a Jesús. Él ha pasado por ahí.

La primera lectura, del profeta Isaías, pone en labios del Siervo unas palabras que parecen iluminar esta hora: “El Señor me llamó desde el vientre materno”, “me hizo luz de las naciones”. Es una vocación atravesada por la prueba. El Siervo ha sido elegido, enviado, preparado por Dios, pero no por eso ha evitado el cansancio ni la aparente inutilidad. Llega a decir: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Qué palabra tan humana y actual. Cuántas veces también nosotros, después de luchar, de amar, de servir, de esperar, sentimos algo parecido: “¿Ha servido de algo? ¿Ha valido la pena?”.

Y, sin embargo, el profeta no termina ahí. Termina en la confianza: “Mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios”. Es decir: aunque a mis ojos parezca fracaso, Dios sigue sosteniendo la obra. Aunque yo no vea fruto, Dios no ha retirado su llamada. Aunque la noche se acerque, Dios sigue siendo fiel.

Esa tensión entre la herida y la confianza aparece también en el Evangelio. Jesús anuncia que uno de los suyos lo va a entregar. El grupo queda desconcertado. Y enseguida aparecen dos figuras que nos interpelan profundamente: Judas y Pedro. Judas, el que traiciona. Pedro, el que promete fidelidad y terminará negándolo. Uno lo vende. El otro asegura que dará la vida por Él, pero unas horas después no será capaz ni siquiera de reconocerlo ante una criada.

Y aquí el Evangelio se vuelve incómodo, porque ya no nos permite mirar sólo a los personajes de la Pasión como si fueran otros. Nos obliga a mirarnos a nosotros. Porque en Judas vemos la oscuridad del corazón que se cierra y se pierde, pero en Pedro vemos también nuestra fragilidad. Nosotros también amamos al Señor y, sin embargo, tantas veces fallamos. Nosotros también hacemos promesas generosas y después nos echamos atrás. Nosotros también queremos estar con Jesús, pero no siempre resistimos la prueba, la presión, el miedo, el respeto humano, la comodidad.

El Martes Santo nos enseña que en el camino hacia la Pascua no basta con tener buenos sentimientos. Hace falta humildad. Pedro cae, en el fondo, porque aún confía demasiado en sí mismo. Cree que su amor basta, que su fuerza basta, que su palabra basta. Y no sabe todavía que la fidelidad no se sostiene sólo en el entusiasmo, sino en la gracia. No basta decir: “Señor, yo nunca te fallaré”. Hay que pedir: “Señor, sostenme, porque sin ti soy débil”.

Por eso este día tiene una enseñanza muy profunda para nuestra vida espiritual. La Semana Santa no es sólo tiempo para conmovernos ante lo que Jesús sufrió. Es también tiempo para descubrir qué hay en nuestro propio corazón. Qué hay de Judas en nosotros cuando negociamos con la verdad, cuando nos enfriamos, cuando sustituimos el amor por el interés. Y qué hay de Pedro en nosotros cuando hablamos mucho, prometemos mucho, pero luego nos vencen el miedo, la tibieza o la inconstancia.

Y, sin embargo, el Evangelio de hoy no es un Evangelio de condena, sino de verdad. Jesús revela la traición de Judas y anuncia la negación de Pedro, pero no deja de amar. Ésta es la grandeza impresionante de Cristo. Sabe quién lo va a entregar, sabe quién lo va a negar, y aun así sigue adelante. No se encierra, no se endurece, no renuncia a amar. Aquí empieza a brillar con fuerza el misterio pascual: Jesús no ama porque nosotros seamos fieles; ama porque Él es fiel. No permanece porque nosotros lo merezcamos; permanece porque su amor es más fuerte que nuestra pobreza.

El salmo responsorial pone en nuestros labios una súplica muy adecuada para este día: “Mi boca contará tu salvación, Señor, cada día”. No dice: hablaré de mi fuerza, de mi coherencia o de mis méritos. Dice: contaré tu salvación. Y ésa es la verdad del discípulo. Nosotros no nos salvamos por ser impecables, sino por ser alcanzados por la misericordia de Cristo. La esperanza de Pedro no será su promesa incumplida, sino la mirada de Jesús. Y nuestra esperanza tampoco está en no caer nunca, sino en dejarnos levantar por Él.

En este Martes Santo, la Iglesia nos invita a entrar con mucha sinceridad en nosotros mismos. No para desanimarnos, sino para dejar de vivir de apariencias. Tal vez la gracia que hoy necesitamos es una fe más humilde, menos confiada en sí misma y más apoyada en el Señor. Una fe que no presuma, que no se crea fuerte, que no juzgue a los demás desde arriba. Una fe que conozca su fragilidad y, por eso mismo, se abandone más en la gracia.

Porque sólo quien reconoce su pobreza puede comprender de verdad la fuerza del amor de Cristo. Sólo quien deja caer sus falsas seguridades puede entrar en la Pascua. Y sólo quien acepta que necesita ser salvado puede escuchar de verdad la buena noticia: que Jesús sigue amando, incluso cuando el corazón del hombre vacila, se asusta o se extravía.