DÉJALA

LUNES SANTO

Al comenzar el Lunes Santo, la liturgia nos hace cambiar de ritmo y de tono. Si ayer acompañábamos al Señor entre ramos, aclamaciones y procesiones, hoy el Evangelio nos conduce a un espacio más íntimo, más silencioso y hondo: la casa de Betania. Allí, en un ambiente de amistad y cercanía, Jesús se sienta a la mesa con los suyos. Marta sirve, Lázaro comparte la cena, y María realiza un gesto que atraviesa el corazón del Evangelio: toma un perfume de nardo, muy costoso, unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. San Juan añade un detalle de gran belleza: “la casa se llenó de la fragancia del perfume”. No es un simple detalle de color. Es una verdadera revelación espiritual. Cuando alguien ama de verdad a Cristo, ese amor no permanece encerrado en el interior, sino que se expande, se percibe, cambia el ambiente, deja huella. El amor auténtico al Señor siempre perfuma la casa.

La primera lectura del profeta Isaías nos ayuda a comprender quién es ese Jesús que hoy contemplamos en Betania. Es el Siervo del Señor, aquel sobre quien descansa el Espíritu, el elegido en quien Dios se complace. Pero su modo de actuar desconcierta nuestros esquemas: “No gritará, no voceará por las calles; la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. En una época como la nuestra, fascinada por el ruido, la exhibición y la imposición, esta palabra resulta profundamente iluminadora.

El Evangelio de Betania no es una escena secundaria en los umbrales de la Pasión. Es una puerta de entrada al misterio. María comprende lo que otros no comprenden. Quizá no lo entiende todo con la inteligencia, pero lo intuye con el amor. Mientras Judas calcula, ella se entrega. Mientras uno reduce todo al lenguaje del provecho, ella se mueve en la lógica de la gratuidad. Mientras uno ve derroche, ella reconoce que hay amores que sólo pueden expresarse derramándose. El contraste es de una fuerza extraordinaria. No sólo están frente a frente dos personajes; están frente a frente dos maneras de situarse ante Cristo. María representa el corazón agradecido, adorante, libre, capaz de reconocer que Jesús merece lo mejor. Judas representa el corazón que se ha ido enfriando hasta convertir incluso lo santo en objeto de cálculo. Y ésta es una interpelación muy seria para nosotros. También nosotros podemos estar cerca de Jesús exteriormente y, sin embargo, tener el corazón lejos. También nosotros podemos participar en los ritos, escuchar las lecturas, entrar y salir del templo, y no haber entrado nunca de verdad en la lógica del amor.

Jesús defiende a María con una frase que abre ya el horizonte de la cruz: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura”. Lo que ella hace es un gesto de amor, sí, pero también es un gesto profético. María unge anticipadamente el cuerpo del Señor para la hora en que será entregado. Antes de la violencia del Calvario, antes de los clavos, antes del polvo, antes de la sangre, hay perfume. Antes del odio desatado, hay una casa llena de amor. El Evangelio parece querer decirnos que el camino de la Pasión no está rodeado únicamente de traición y dureza; también está acompañado por la fidelidad escondida de quienes saben amar. Siempre hay, junto al sufrimiento de Cristo, un corazón que vela, una amistad que permanece, una presencia silenciosa que no abandona. Y eso sigue siendo verdad también hoy. La Iglesia no se sostiene sólo por grandes obras o por palabras brillantes; la sostienen también, y quizá, sobre todo, esas almas silenciosas que aman de verdad, que oran, que adoran, que sirven sin hacer ruido, que perfuman la casa de Dios con una fidelidad humilde.

El salmo responsorial pone en nuestros labios una palabra de gran consuelo: “El Señor es mi luz y mi salvación”. En el contexto de la Semana Santa, esta afirmación adquiere una hondura singular. Jesús se acerca a su hora, la sombra de la Pasión se hace cada vez más intensa, el rechazo y la muerte se perfilan en el horizonte, y sin embargo no camina hacia ello desde la desesperación, sino desde la confianza. El Padre sigue siendo su luz.

El Lunes Santo nos invita, por tanto, a vivir la Semana Santa desde una clave profundamente interior. No se nos pide en primer lugar hacer muchas cosas, sino aprender a estar con Jesús. Estar con Él como María de Betania: con amor gratuito, con atención delicada, con una fe que no calcula, con un corazón que sabe derramarse. En estos días santos, tal vez la gran conversión que se nos propone sea ésta: pasar de una relación funcional con Dios a una relación amorosa; dejar de dar a Cristo lo que nos sobra, para empezar a ofrecerle lo mejor. Lo mejor del tiempo, lo mejor del corazón, lo mejor de la escucha. Porque cuando el alma deja de amar gratuitamente, comienza a enfriarse, y cuando sólo sabe medir, incluso delante del Señor, va perdiendo la capacidad de adorar.

En esta jornada santa, la Iglesia nos invita a acercarnos a Cristo con un corazón más recogido, más contemplativo y verdadero. Nos invita a dejarnos mirar por Él, a permitir que su mansedumbre cure nuestra dureza, que su delicadeza sane nuestras heridas, y que su presencia llene también nuestra vida de una fragancia nueva. Porque cuando Cristo entra de verdad en una casa, en una comunidad o en un alma, algo cambia. Y entonces, como sucedió en Betania, todo comienza a oler a Evangelio.