V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)
A medida que avanzamos hacia la Pascua, la liturgia de Cuaresma nos va llevando cada vez más adentro del misterio de Cristo. Hemos pasado por el desierto de las tentaciones, por la montaña de la Transfiguración, por el pozo de la samaritana, por la luz ofrecida al ciego de nacimiento, y hoy llegamos a Betania, al borde de una tumba. La Cuaresma nos conduce hasta aquí: hasta ese lugar donde el hombre experimenta con más crudeza su límite, su impotencia y su dolor. Y es precisamente allí donde Cristo pronuncia una de las palabras más grandes de todo el Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida.»
La escena está llena de humanidad. Hay amistad, enfermedad, retraso, llanto, desconcierto, fe herida, esperanza incompleta. Marta y María repiten la misma frase, una frase que tantas veces ha brotado también de nuestros labios: «Señor, si hubieras estado aquí…» Es la oración dolida de quien ha conocido el sufrimiento, la pérdida, el silencio de Dios, el desconcierto ante una ausencia que no comprende. Es una frase dicha con amor y con herida. No es una negación de la fe, sino una fe atravesada por el dolor.
Y, sin embargo, Jesús no responde con una explicación. Responde con una revelación. No ofrece una teoría sobre la muerte, ni un consuelo genérico sobre el más allá. Se ofrece a sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida.» No dice solo que resucitará a los muertos al final de los tiempos. Dice que en Él ya ha comenzado una vida nueva, una vida más fuerte que la muerte, una vida que entra en nuestras tumbas interiores y las abre desde dentro.
La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, prepara este anuncio con una imagen impresionante: «Abriré vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis.» El pueblo de Israel se sentía como un pueblo enterrado, sin futuro, sin fuerza, sin esperanza. Y Dios promete hacer lo impensable: abrir las tumbas, sacar a su pueblo de la muerte histórica y devolverle la vida por su Espíritu. No es solo un anuncio para el exilio antiguo; es una palabra que atraviesa toda la historia humana. Dios entra allí donde parece que todo ha terminado y dice: todavía no. Allí donde el hombre solo ve piedra cerrada, Dios ve un lugar donde su Espíritu puede volver a soplar.
Eso mismo confirma san Pablo en la segunda lectura: «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.» Esta frase es inmensa. El cristiano no vive solo de recuerdos, de ideales o de prácticas religiosas. Vive habitado por el Espíritu de Dios. El mismo Espíritu que resucitó a Cristo trabaja ya en nosotros. La resurrección no es solo un acontecimiento futuro que esperamos desde lejos; es una fuerza presente que ya actúa en la existencia creyente. Por eso Pablo puede decir con tanta radicalidad: «El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo.» La vida cristiana se decide ahí: en dejarnos habitar, conducir y transformar por el Espíritu.
Volvamos al Evangelio. Jesús no evita el dolor. Llega a Betania y llora. Este detalle es esencial. Cristo no se limita a dar vida; entra en el sufrimiento humano conmovido. No mira la muerte desde fuera. La enfrenta con lágrimas. Su llanto revela que Dios no es indiferente al drama del hombre. El Hijo de Dios llora ante la tumba del amigo. Llora ante el poder del mal, ante el desgarrón de la muerte, ante el sufrimiento de quienes ama. Y ese llanto ya es una victoria, porque muestra que el corazón de Dios ha entrado definitivamente en nuestra noche.
Después, Jesús formula a Marta la pregunta decisiva: «¿Crees esto?» La cuestión central no es solo si Lázaro volverá a vivir, sino si Marta —y con ella cada uno de nosotros— puede confiar en la persona de Cristo. La fe cristiana no consiste primero en aceptar una doctrina sobre la resurrección, sino en adherirse a Jesús, que es la Resurrección en persona. Por eso esta pregunta llega también hoy a nosotros: ¿crees que Cristo puede entrar en tus lugares de muerte? ¿Crees que su palabra tiene poder sobre lo que tú consideras perdido? ¿Crees que ni la culpa, ni la herida, ni la desesperanza, ni la misma muerte tienen la última palabra cuando Él está presente?
Las “tumbas” de las que habla este Evangelio no son solo las del cementerio. También hay sepulcros en la vida cotidiana. Sepulcros de relaciones rotas, de esperanzas marchitas, de pecados enquistados, de cansancios prolongados, de corazones que ya no esperan nada, de personas que sobreviven sin vivir verdaderamente. Todos conocemos algo de eso. Todos llevamos alguna piedra pesada a la entrada de alguna zona de nuestra vida. Y precisamente ahí resuena hoy la voz de Cristo: «Quitad la piedra.»
Ese mandato es muy importante. Jesús resucita, pero pide colaboración. La gracia de Dios actúa, pero no sin nuestra disponibilidad. Hay piedras que el Señor nos pide remover: la dureza del corazón, el resentimiento, la resignación, la tibieza espiritual, la falta de perdón, la autosuficiencia, el miedo a volver a empezar. A veces deseamos la vida nueva, pero sin tocar la piedra. Queremos resurrección, pero sin pasar por la obediencia de quitar lo que impide el paso de la gracia.
Y cuando la piedra es removida, Jesús grita con voz potente: «Lázaro, ven afuera.» Es una palabra creadora. La misma palabra que llamó a la existencia en el principio, la misma palabra que sostiene el universo, entra ahora en el territorio de la muerte y llama por su nombre. Cristo no habla en abstracto. Llama personalmente. También a nosotros nos llama por nuestro nombre. Nos llama a salir de la resignación, a salir del pecado, a salir del encierro, a salir del miedo, a salir de la muerte interior.
El relato termina con otra indicación muy concreta: «Desatadlo y dejadlo andar.» El hombre resucitado todavía sale envuelto en vendas. La vida nueva ha comenzado, pero necesita ser liberada. También esto habla de nosotros. El Señor nos da vida, pero muchas veces seguimos atados por hábitos viejos, por mentalidades oscuras, por heridas no entregadas, por vínculos que nos impiden caminar. La comunidad cristiana está llamada precisamente a eso: a colaborar en la liberación del hermano, a desatar lo que oprime, a ayudar a caminar al que ha sido tocado por la gracia.
Este domingo nos sitúa así ante el umbral de la Pascua. Ya no estamos solo en una catequesis sobre la conversión; estamos ante la revelación del corazón mismo del Evangelio. Cristo ha venido a dar vida. Vida verdadera. Vida más fuerte que el pecado. Vida más fuerte que la desesperanza. Vida más fuerte que la muerte.
Por eso la Cuaresma no puede terminar en tristeza. Se encamina hacia una certeza inmensa: el Señor no abandona a sus amigos en el sepulcro. Ezequiel lo anunció: «Os infundiré mi espíritu y viviréis». El salmo lo canta: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra». Pablo lo confirma: el Espíritu del Resucitado habita en vosotros. Y el Evangelio lo proclama con el rostro y la voz de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida.»
Tal vez hoy muchos llegamos a la Eucaristía con alguna forma de duelo, con alguna tumba interior, con alguna piedra demasiado pesada. La Palabra no nos pide fingir fortaleza. Nos pide fe. No una fe sin lágrimas, sino una fe que, aun llorando, sigue escuchando la voz del Señor.
Que en este quinto domingo de Cuaresma podamos responder desde el fondo del alma a la pregunta de Cristo: «¿Crees esto?» Y que, sostenidos por su Espíritu, podamos escuchar también en nuestra propia historia esa voz que no deja de llamar: “Ven afuera.”
Porque donde Cristo entra, la muerte no tiene la última palabra. Y donde su Espíritu habita, comienza ya la vida nueva que no termina.
